REVOLUCIÓN CULTURAL

"En el mundo actual, toda cultura, toda literatura y arte pertenecen a una clase determinada y están subordinados a una línea política determinada. No existe en realidad, arte por el arte, ni arte que esté por encima de las clases, ni arte que se desarrolle paralelo a la política o sea independiente de ella. La literatura y el arte proletarios son parte de la causa de la revolución proletaria en su conjunto; son, como decía Lenin, engranajes y tornillos del mecanismo general de la revolución." - Mao Tse-tung

jueves, 21 de mayo de 2020

Lenin y la actividad revolucionaria frente a las epidemias







«El verano de 1891, excepcionalmente cálido, provocó la sequía. El hambre azotó cruelmente a varias provincias, dejando una secuela de epidemias. Esta calamidad sacudió a todo el país. Mientras la muerte despoblaba los campos, los habitantes de las ciudades temblaban por su suerte. Las masas campesinas, hambrientas y desesperadas, eran capaces de invadir las ciudades y saquear las casas de los habitantes. Numerosas propiedades rurales habían sido ya incendiadas y devastadas. El Gobierno, tomado por sorpresa, era incapaz de hacer frente a la situación y decretaba medidas inoperantes. A la iniciativa privada se debió la organización de los socorros. En todas partes se formaron comités, se hicieron colectas, se organizaron envíos de víveres y se crearon equipos sanitarios. Los intelectuales dieron un apoyo ferviente a esta obra de salvamento. Incluso los elementos más avanzados, los más hostiles al régimen, aceptaron, ante una calamidad sin precedentes, practicar una especie de tregua política y trabajar en los comités locales de los populistas con los reaccionarios más empedernidos.

Un Comité de ese género se había formado en Samara. Lo mismo que en las demás partes, se llegó a una especie de unión sagrada entre los representantes de las tendencias políticas radicalmente opuestas. ¿Qué haría Ulianov? Su hermana Ana había aceptado trabajar en un dispensario y cuidar enfermos. El se negó categóricamente a adherirse al Comité local y empezó contra éste una campaña sistemática entre los miembros de los cenáculos clandestinos con los cuales estaba en contacto. No consiguió adeptos. Únicamente le siguió sin vacilar una «sospechosa» recientemente llegada y que profesaba una admiración ilimitada al joven maestro.


¿Cómo podía justificarse en Ulianov esta actitud de irreductible hostilidad a una empresa que parecía inspirada en la más elemental humanidad? Se mostraba sencillamente consecuente y lógico, fiel a la idea fundamental de la doctrina marxista. Estimaba que toda esa actividad, que no era sino filantropía pura y simple, representaba sólo un paliativo destinado más a agravar el mal que a aliviarlo. Ayudar al régimen a vencer el terrible azote era contribuir a su consolidación, cuando precisamente esta catástrofe revelaba rotundamente la imprevisión del Gobierno zarista, su incapacidad, y favorecía la difusión de las ideas revolucionarias entre los campesinos. Por otra parte, un revolucionario que renuncia a su tarea de militante y que se pone a trabajar codo con codo con los opresores del pueblo, no hace más que debilitar las filas del ejército de la Revolución y aumentar el número de los servidores de la reacción.»

Fuente: Lenin, Gérard Walter (1950). Pág 39-40.

martes, 19 de mayo de 2020

Memorias de un francotirador en Stalingrado

Vasili Záitsev


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Nací en los Urales y pasé la infancia en el bosque, de aquí que los ame tanto y que nunca me pierda en ellos, aunque me resulten desconocidos. En el bosque
aprendí a disparar y a cazar liebres, ardillas, zorros, lobos y cabras salvajes. Mi padre era silvicultor. Teníamos por costumbre salir a cazar en familia: mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana y yo. Aún hoy, mi madre, que es una mujer anciana y necesita gafas para ver, cuando oye que un urogallo se posa sobre un abedul, sale a matarlo para después desplumarlo y cocinarlo.
Tengo una hermana pequeña, y mi hermano y yo decidimos un día hacerle un abrigo de piel de ardilla. Yo tendría unos doce años y mi hermano menos aún. Nuestro padre nos había enseñado a cazar ardillas. Es todo un arte: la ardilla debe cazarse con un solo perdigón; si se le dispara una carga entera, se corre el peligro de estropear la piel. Matamos unas doscientas ardillas y con ellas hicimos el abrigo para nuestra hermana.
Cuando tenía algo más de catorce años —en 1929—, mis padres entraron a formar parte de un koljós (una granja colectivizada) y nos trasladamos al asentamiento de Eleninski, en el distrito de Agapovski de la región de Cheliábinsk. Durante el invierno fui al colegio, y en verano me dediqué al pastoreo.
Quería estudiar mucho. Mientras cuidaba del ganado, ataba el caballo con una cuerda larga y me tendía entre los arbustos a leer los libros del colegio. Cuando llegó de nuevo el invierno, me fui a estudiar a un instituto técnico. Por entonces no me estaba permitido elegir dónde estudiar; ojalá hubiera podido elegir… Lo que más deseaba era ser piloto, pero ingresé en una escuela técnica de construcción. Y así empezó todo. En la escuela técnica me inscribí al Komsomol, estudié, obtuve excelentes calificaciones y recibí premios en todos los cursos.
Durante mi formación construimos los dos primeros altos hornos de Magnitogorsk. Comencé como asistente, y más tarde pasé a técnico. Durante el tiempo que estuve trabajando ahí, me interesé por la profesión de contable y me matriculé en un curso de formación. Al terminar el curso, me enviaron a la ciudad de Kizil, donde trabajé tres años como contable en la Unión de Consumidores del Distrito. El trabajo era de mi agrado: tranquilo e independiente, requería agilidad mental, precisión y, sobre todo, me enseñó mucho de la vida.
En 1936, el Presídium del Comité Ejecutivo del Distrito del sóviet de la ciudad me nombró inspector de seguros, cargo en el que me desempeñé hasta que fui llamado a filas.
Como recluta afiliado al Komsomol, me enviaron a prestar servicio en la flota del Pacífico, en Vladivostok. Es esta una ciudad peculiar; al principio me causó una
mala impresión. Me pareció muy distinta de las ciudades de los Urales, como Sverdlovsk, Cheliábinsk e incluso Shádrinsk. No obstante, tras un tiempo de residir en ella, le tomé gusto. Cuando acabe la guerra, solicitaré sin duda el traslado a Extremo Oriente. Estaría encantado con prestar servicio ahí el resto de mi vida. Es una zona que me gusta, la naturaleza es muy interesante y hay muchos bosques.
Ya en Extremo Oriente, me gradué con honores en la Escuela Económica Militar Regional y ocupé varios cargos navales y económicos en la flota del Pacífico hasta el otoño de 1942.
Cuando los alemanes empezaron a acercarse al Volga, un grupo de marineros —todos miembros del Komsomol, como yo— presentaron una solicitud ante el Consejo Naval para ser transferidos a la defensa de Stalingrado. La iniciativa partió del comisario de mi base, un bolchevique de primera hora llamado Naiánov. De joven había trabajado en la región del Volga, en el Comisariado Popular de Industrias Pesqueras, y siempre se acordaba de esa zona como yo me acordaba de los Urales. La petición de nuestro grupo de miembros del Komsomol fue recibida de forma favorable, y no tardamos en organizarnos y partir hacia el oeste. El 6 de septiembre llegamos a la ciudad de N., en los Urales, muy cerca de mi población natal. Ese mismo día nos enrolamos en la división de infantería del coronel Batiuk, y al día siguiente nos trasladaron de un tren de tropas a otro para dirigirnos a Stalingrado. Así pues, rodeamos los Urales.
Por el camino nos dedicamos a estudiar. Recuerdo que ahí aprendí a accionar una ametralladora: tras colocar una en la litera superior, un operador se sentó a mi lado y me mostró su funcionamiento.
En el tren se me ofreció el puesto de comandante de un pelotón de finanzas. ¡Dejar de trabajar en el sector económico para volver a lo mismo! Pensé: los compañeros están luchando, yo también quiero luchar, luchar de verdad, y solicité el ingreso en una compañía de fusileros.
Llegamos a Stalingrado el 21 de septiembre. La ciudad entera era pasto de las llamas, y los combates aéreos se sucedían desde la mañana hasta entrada la noche. Uno tras otro, los aviones se incendiaban y caían. Desde la ribera del Volga vimos alzarse varias lenguas de fuego que poco después convergieron en una gigantesca bola de fuego. Vimos caminar y arrastrarse a los soldados heridos que eran trasladados a la otra orilla del Volga. Todo ello causó en nosotros —recién llegados de tan lejos— una impresión sobrecogedora. Limpiamos las armas, calamos las bayonetas y esperamos la orden, listos para pasar a la acción.
El 22 de septiembre hicimos acopio de munición, reptamos hasta el Volga y zarpamos hacia la ribera opuesta. Llevábamos con nosotros morteros y ametralladoras. Tomamos posiciones en la orilla izquierda del Volga.
Los alemanes ocupaban la ciudad en ese momento. Nos descubrieron y abrieron fuego con los morteros. En nuestro sector había doce depósitos de gasolina. De pronto, seis aviones enemigos cayeron sobre nosotros y empezaron a bombardearnos. Los depósitos de gasolina explotaron y la gasolina nos salpicó. La ropa prendió fuego y nos arrojamos al Volga. Muchos de nosotros nos quedamos con solo la camiseta de marinero, otros iban desnudos, pero no importaba: nos envolvimos con lonas, tomamos los fusiles y seguimos adelante con el ataque. Expulsamos a los alemanes de la planta Metiz y la planta de procesamiento de carne, y mantuvimos la posición. Más tarde, los alemanes volvieron a avanzar, pero repelimos todos sus ataques.
Después de las primeras batallas, el comandante del batallón me nombró su ayuda de campo. Cierto día, una de nuestras subunidades tuvo problemas en la cañada de Dolgi y empezó a perder terreno. El comandante del batallón me dio la orden de contener la retirada y reforzar la línea del frente. Cumplí la orden: la subunidad atacó, rechazamos a los alemanes y retrasamos su avance. Tras esa batalla me impusieron la medalla al valor.
En octubre ocurrió otro acontecimiento importante en mi vida: el Komsomol me concedió el ingreso en las filas del Partido Comunista.
Por entonces, nuestra posición era terriblemente difícil. Los alemanes nos habían rodeado, nos empujaban hacia el Volga y nos atacaban con obuses y bombas. Cada día nos sobrevolaban varios aviones. A la vista de la situación, muchos de nosotros creímos que no teníamos muchas posibilidades de sobrevivir, pero no hablábamos de eso. Todos sentíamos un profundo odio hacia los alemanes. No hay palabras para describir su vileza.
Un día vimos a varias mujeres jóvenes colgadas de sogas en un jardín. Otro día, los alemanes arrastraban a una joven por la calle. Un niño corría tras ella gritando: «Mamá, ¿dónde te llevan?». La mujer —no estaba muy lejos— gritaba: «¡Hermanos, socorro, rescatadme!». Pero nosotros estábamos preparando una emboscada y no podíamos permitir que nos vieran. Me duele en el alma recordar ese momento…
Todo hombre capaz de luchar no pensaba sino en matar a cuantos más
alemanes mejor y en infligirles todo el daño posible. No acusábamos la fatiga, aunque a menudo no comíamos desde la mañana hasta entrada la noche, ni dormíamos por varios días. No queríamos dormir; teníamos los nervios en tensión permanente.
Cuando recibí la condecoración, dije: «Para nosotros no hay tierra más allá del Volga, nuestra tierra es esta y la defenderemos». Por eso mis camaradas del Komsomol me pidieron que se lo comunicara al camarada Stalin.
El 5 de octubre estábamos con el comandante de nuestro batallón. El capitán Kótov se acercó a una ventana. Vimos a un alemán en la distancia y el capitán dijo: «¡Mátenlo!». Me llevé el fusil al hombro, disparé y el alemán cayó. Estaba a seiscientos metros de nosotros y lo maté con un fusil corriente. Aquello despertó interés entre mis camaradas. Apareció otro alemán corriendo hacia el que había matado. Mis camaradas me gritaron: «Záitsev, Záitsev, ahí llega otro, mátalo». Volví a agarrar el fusil, disparé y el segundo alemán cayó. Todo el mundo me miró con admiración. Yo mismo estaba sorprendido. Me quedé mirando por la ventana; apareció un tercer alemán reptando en dirección a los dos soldados abatidos. Le disparé a él también.
Dos días después de eso, el oficial al mando, el mayor Metelev, me hizo llegar, a través del comandante de batallón Kótov, un fusil de francotirador con mira telescópica y con mi nombre grabado en la culata. Fusil n.o 2826. El capitán Kótov me lo dio y dijo: «Será usted un buen francotirador. Aprenda a usarlo y enseñe a otros hombres».
Así fue como aprendí a disparar con el fusil de francotirador. Uno de los miembros del Komsomol, el teniente Bolshápov, me ayudó a aprender lo básico. Él fue mi camarada de armas: luchamos codo con codo y vivimos en las trincheras juntos.
El francotirador Kaléntiev también me enseñó cosas. Pasé tres días con él, observando detenidamente su modo de actuar y de utilizar el fusil. Después de eso, llegó el momento de proceder por mi cuenta. Al principio, erraba los tiros: actuaba con prisas y titubeos, pese a ser una persona de natural sereno.
Luchar en la calle, donde el enemigo se encuentra en ocasiones a solo cuarenta o cincuenta metros, no es como luchar en el campo de batalla, donde las distancias son amplias. Muchos de los consejos que nos daban a los francotiradores resultaban ser inútiles. Con todo, los alemanes no tardaron en oír hablar de mí.
Mataba a cuatro o cinco alemanes todos los días. Más tarde empecé a seleccionar a mis alumnos. Al principio, elegí a un grupo de cinco o seis hombres. Los entrené en la fragua de la fábrica Metiz, donde instalamos una galería de tiro. Estudiaban la parte material del fusil en el interior de los conductos de ventilación de la fábrica, que servían bien como refugio; ahí limpiábamos también las armas y poníamos en común las experiencias del día.
Poco después, tenía ya treinta alumnos. La mayoría eran miembros del Komsomol. Yo mismo los seleccionaba, trabé amistad con algunos de ellos y compartí con ellos todo cuanto tenía, ya fueran galletas o tabaco. Cuando las personas ven que se las trata con franqueza, desarrollan cierto apego hacia uno y recuerdan todo cuanto dices. Ellos sabían que yo no los abandonaría llegado el peligro, y yo esperaba que ellos hicieran lo mismo por mí.
Como miembro del buró del Komsomol, tenía que visitar a todas las subunidades; generalmente empezaba por los documentos administrativos del Komsomol y terminaba con la organización del grupo de francotiradores.
En cuanto tuve la certeza de que mis hombres sabían manejar el fusil, me los llevé conmigo a trabajar sobre el terreno. Se acostumbraron a disparar y a inspeccionar el terreno. Un francotirador debe estudiar hasta el último arbusto: dónde crece y cómo es la tierra que lo rodea, cuántas piedras hay y su disposición, qué trinchera está bajo el punto de mira de los alemanes y cuál no. Cuando el francotirador ha estudiado las defensas —las propias y las del enemigo— no hay quien pueda batirlo.
Por la noche reunía a mis hombres en un punto para que pudieran intercambiar impresiones. Cuando los francotiradores hablan entre ellos tras una misión, aprenden más con una hora de conversación que con un mes de paz.
Fue en una de estas ocasiones, por ejemplo, cuando el miembro del Komsomol, Lomako, dijo: «Hoy he fallado tres tiros; he disparado tres balas desde la misma distancia y no he dado en el blanco ni una sola vez».
El comentario me llamó la atención, así que al día siguiente fui con Lomako al lugar desde el que había disparado. Era la chimenea de una fábrica. Nos apostamos a una altura de diez metros. Un alemán pasó por abajo; le disparé, pero siguió caminando como si nada, sin siquiera apretar el paso. No volví a disparar. Bajé el fusil y pensé: «Si hubiera disparado demasiado alto, el alemán se habría agachado; si la bala le hubiera pasado por delante, se habría detenido. Pero el alemán
había seguido caminando sin inquietud aparente, lo cual indicaba que había un ligero desplazamiento en el visor y que la bala, en lugar de dirigirse a su objetivo, se estrellaba contra el suelo». Desplacé el visor una posición. Lomako y yo nos quedamos esperando a que apareciera otro alemán. Por fin llegó uno; disparé, y cayó.
Así pues, el problema quedó resuelto y, a la siguiente reunión, les dije a los muchachos: «Nueva lección: si estáis más altos que el enemigo, usad un visor pequeño. Si estáis más bajos que el enemigo, usad un visor grande». En realidad, quizá fuera una regla archisabida, pero para nosotros era una novedad.
La experiencia nos enseñó otra regla: elegir la posición de tiro allá donde el enemigo cree que no es posible establecerla. También se requería habilidad a la hora de camuflarse: cuando uno escala una chimenea, debe mancharse con hollín y mimetizarse con la chimenea; si está junto a una pared, sus ropas deben ser del mismo color que esta.
En la sección de nuestro regimiento, por ejemplo, había una casa quemada. De la casa quedaba poco más que la cocina y la chimenea. Me tendí detrás de la cocina y abrí una tronera en la chimenea. Los alemanes, por supuesto, no iban a sospechar que un francotirador ruso fuera a ocultarse ahí dentro. Desde ahí, sin embargo, tenía una buena vista de las dos entradas a sus refugios y de un edificio de tres alturas. Desde esa chimenea maté a diez alemanes.
Es cierto que también sufrí, pero fue culpa mía; estaba harto de arrastrarme y decidí disparar las diez balas desde el mismo lugar. Los alemanes terminaron por localizarme y me dispararon un morterazo. El fusil se me rompió y cayó sobre mí una lluvia de ladrillos. Las piernas se me quedaron enterradas bajo los escombros y pasé dos horas inconsciente. Cuando volví en mí, aparté los ladrillos y saqué las piernas, pero las botas se me quedaron debajo de la cocina porque me iban grandes, una talla cuarenta y cinco. Me envolví los pies con un paño y me colgué la correa del fusil al cuello. Quería salir de ahí, pero me disgustaba tener que dejar las botas. Antes que yo las había llevado el comandante de batallón Skáchkov; tenían un gran valor para mí. Pensé: «Si me matan, pues bien, al diablo con ellos, pero no pienso dejar aquí las botas del comandante. ¡Ay, si llegara a ponérselas uno de esos granujas alemanes!». Empecé a retirar ladrillos de la cocina hasta que por fin pude recoger las botas y, con ellas en las manos y cubierto de hollín, corrí descalzo por la calle. Llegué adonde estaban mis camaradas, que riendo dijeron: «Valdría la pena sacarte una foto tal y como estás».
Desde entonces, mis alumnos y yo cambiamos de estrategia: empezamos a disparar desde distintos lugares. No disparábamos más de dos o tres tiros desde la misma posición e intentábamos disponer cuantas posiciones falsas pudiéramos.
Los alemanes lograron establecer un nido de ametralladoras en un fortín de tierra de la colina Mamáiev. Nos impedían maniobrar e ir de un sitio a otro para llevar comida o munición a nuestros soldados. El comandante nos encomendó la tarea de echarlos de ahí. La infantería había atacado las ametralladoras en varias ocasiones, fracasando invariablemente. Dos de los francotiradores de mi grupo fueron enviados ahí, pero fracasaron también y resultaron heridos. Entonces el comandante del batallón me ordenó que fuera yo en persona y que llevara conmigo a otros dos francotiradores. Así lo hicimos: partimos hacia esa zona, recorrimos toda la línea de defensa y, gracias a los agujeros de bala, descubrimos que había otro hombre que mantenía a raya nuestros hombres.
Nos ocultamos en una trinchera. En cuanto levanté un casco por encima de la trinchera, hubo un disparó y el casco cayó. Supe que nos enfrentábamos a un francotirador experimentado. Había que localizar su posición. Era difícil porque, si alguien se asomaba, el alemán lo mataría, de modo que había que engañarlo, vencerlo con el ingenio, es decir, hallar la táctica adecuada.
Lo busqué durante cinco horas. Por fin se me ocurrió una idea: me quité un guante, lo coloqué sobre un tablón de madera y lo asomé por encima de la trinchera. El alemán disparó. Por la dirección del agujero, determiné la posición desde donde disparaba. Una vez que se ha determinado la posición del enemigo, hay que instalarse en un lugar cómodo y esperar, pero el enemigo no debe saber nunca desde donde piensan dispararle.
Saqué un periscopio de trinchera y me puse a observar. ¡Por fin vi al francotirador alemán! Nuestra infantería estaba avanzando, solo les faltaban treinta metros para llegar al fortín. En ese momento, el alemán se alzó un poco para mirar y bajó el fusil. Al mismo tiempo, salté de la trinchera, me erguí y alcé el fusil. Mi audacia lo dejó desconcertado. Trató de agarrar el fusil, pero yo disparé primero. Le disparé una bala sagrada rusa. El alemán dejó caer el arma.
Empecé a disparar contra la tronera del fortín para que los alemanes no pudieran accionar la ametralladora. En ese momento, nuestra infantería alcanzó el fortín y lo capturó sin sufrir bajas. He aquí un método tácticamente correcto: engañar al enemigo y cumplir la misión sin sufrir una sola baja.
No se tarda mucho en matar a un alemán. Todos nuestros hombres son buenos tiradores, pero los alemanes no son estúpidos. Saben camuflarse y utilizar las trincheras. Cavan con profundidad y rara vez asoman la cabeza. Engañarlos, hallar el modo de burlarlos y localizarlos, es una tarea sumamente complicada. Solo un francotirador perseverante e ingenioso puede lograrlo. Incluso acuñamos un proverbio: «Para matar a un alemán, primero hay que engañarlo». El modo de proceder es el siguiente: subir a la chimenea más alta o cualquier otro lugar cómodo y ver dónde se encuentran los alemanes; luego, elegir una posición de disparo, y no solo una, sino varias; después, paralizar al enemigo con fuego para impedir que haga un solo movimiento. Durante el día, los disparos no se ven y nunca sabes desde dónde vienen las balas, por lo que hay que actuar de noche.
En cierta ocasión, los francotiradores alemanes se apostaron en una colina. Acercarse a ella fue arduo. Nuestra infantería lo intentó dos o tres veces, pero no supo determinar dónde se encontraban, de modo que no pudo despejar la vía de acceso a la colina.
Acudí al lugar a las cinco de la madrugada, acompañado por los soldados del Ejército Rojo Kúlikov y Dvoiashkin. Todavía estaba oscuro. Agarramos un palo en cuya punta atamos otro para que formaran una cruz y los envolvimos con un paño blanco para obtener la forma de una cara. Liamos un cigarrillo largo de majorka y se lo insertamos en la boca. Tras ponerle un casco y un abrigo de piel, lo asomamos. Un francotirador alemán vio a un hombre fumando un cigarrillo y disparó. Cuando se dispara en la oscuridad, pueden verse las chispas del fusil. De este modo logramos localizar al francotirador. Cada vez que Kúlikov hacía aparecer al «hombre» por la trinchera, el alemán disparaba. Tras el disparo, Kúlikov bajaba el palo y volvía a asomarlo. El alemán pensaba que el «hombre» todavía no estaba muerto y disparaba de nuevo. Mientras los alemanes trataban de dar caza al «francotirador» ruso, pude localizar los fortines desde los que nos disparaban. No contrarresté su fuego, sino que me limité a establecer su posición y a comunicárselo a nuestra artillería antitanques, que fue la que se encargó de destruir los nidos de los francotiradores.
También manteníamos una buena relación con los destacamentos de la artillería de asalto. Un buen ejemplo de ello fue lo ocurrido el 17 de diciembre. El comandante nos encargó volar un puente de hormigón armado. Tratamos de volarlo, pero sin éxito: todos nuestros ataques fracasaron. Aunque nos encontrábamos a una distancia mínima, el puente no caía ya que el hormigón tenía seis metros de anchura. Nuestros obuses impactaban en él, pero dejaban una muesca y nada más. Así que tres de mis hombres y yo nos dirigimos a hurtadillas al flanco —o mejor dicho, la retaguardia— de los alemanes.
Entramos reptando en una casa derruida. Cuando nuestros grupos de asalto atacaron, los alemanes salieron corriendo de los refugios para arrojarles granadas. Entretanto, nosotros les disparábamos. Cuando nos vieron, apuntaron una ametralladora hacia nosotros, pero logramos abatir a la dotación. Entre cuatro matamos a veintiocho alemanes en menos de dos horas. Gracias a ello, nuestras tropas de asalto lograron ocupar el puente fortificado.
Hablaré ahora de mi misión más memorable. No recuerdo la fecha exacta. Los alemanes traían refuerzos, y yo me encontraba en un puesto de observación en compañía de mi comandante. Un mensajero llegó corriendo y dijo: «Se ha detectado movimiento alemán en el sector de observación. Están a punto de recibir tropas de refresco».
Mis hombres y yo fuimos a vigilar la llegada de los refuerzos. Éramos solo seis. Nos instalamos en las ruinas de una pequeña casa. Los alemanes marchaban en formación. Los dejamos acercarse hasta unos trescientos metros de nosotros y entonces empezamos a disparar. Había unos cien alemanes. Los cogimos por sorpresa y se detuvieron. Uno de ellos cayó, luego otro, luego un tercero. Se tardan dos segundos en disparar, y los fusiles SVT usan cargadores de diez balas. En cuanto se aprieta el gatillo, el arma se carga y expulsa el casquillo anterior. Matamos a cuarenta y seis alemanes. He aquí la importancia del papel de los francotiradores en la defensa de Stalingrado.
En las calles de la ciudad, nuestros propagandistas divulgaban proclamas como: «Si quieres vivir, mata a un alemán», «Di a cuántos alemanes has matado y te diremos cuán buen patriota eres». La destrucción de las fuerzas alemanas se había convertido en un fin honorable, y hasta el último soldado del Ejército Rojo no hacía más que ir en su busca. Quienes mataban a más alemanes eran los más respetados entre sus camaradas.
El agitador capitán Rakitianski, uno de los preferidos entre la tropa, podía pasarse el día entero con el fusil en la mano, ya fuera en una trinchera como en lo alto de un tejado, a la espera de un alemán. Nada más avistarlo, lo mataba y volvía a esperar a que apareciera otro. ¡Eso sí es ser un buen agitador!
He matado a 242 alemanes, incluidos más de diez francotiradores enemigos. Siempre he tenido la convicción de que soy más astuto y fuerte que los alemanes, y de que mi fusil dispara con mayor precisión que un fusil alemán. Conservo la calma en todo momento, y por eso nunca siento miedo de los alemanes.

miércoles, 8 de abril de 2020

Contagio Social: Guerra de clases microbiológica en China





Contagio Social
Contagio Social es el titulo de un interesante articulo del colectivo chino Chuang y traducido al español por el blog Artilleria Inminente y por Lazo Negro Ediciones, es un analisis de las causas de la crisis sanitaria por el Covid-19 y su integración con la realidad de China, su "Capitalismo de Estado" y su inmersión en el imperialismo mundial.


lunes, 16 de marzo de 2020

CRÍTICA AL FEMINISMO EN OCCIDENTE

Anuradha Ghandy



Anuradha Ghandy, nacida el 28 de marzo de 1954, fue una comunista india, escritora y líder revolucionaria. Fue miembro del ilegalizado Partido Comunista de la India (Maoísta) y miembro fundador del Partido Comunista de la India (marxista-leninista), en Maharastra. En la década de 1970, el Elphinstone College en Mumbai fue un centro para los activistas de izquierda, donde Ghandy jugó un papel principal. Posteriormente, ingresó en el Movimiento Progresivo Juvenil (PROYOM), desde donde conectó con el movimiento naxalita.

En los años 80’ fue arrestada varias veces, tras lo cual se pasó a la clandestinidad. Hubo menciones de su participación con las tribus en Bastar. Dirigió el subcomité central para la mujer en el partido, trabajando clandestinamente, hasta su muerte. Anuradha Ghandy murió de causas relacionadas con la malaria el 12 de abril de 2008. Durante sus últimos días había estado entrenando al cuadro de mujeres para desarrollar habilidades de liderazgo.

Habiendo sido una de las principales referentes en la lucha feminista y lucha de clases, la producción teórica de Anuradha debe ser recuperada y difundida. Por esa razón, se agradece e impulsa cualquier acto de difusión y reproducción e impresión de este libro en todas las formas y medios que sean posibles.




ÍNDICE

Introducción general del Movimiento de Mujeres en Occidente, por la camarada Janaki (Anuradha Ghandy)

Feminismo liberal

Crítica

Feminismo Radical

Sexo/Género y patriarcado

Sexualidad: la heterosexualidad y el lesbianismo

Crítica

Anarco-feminismo

Eco-feminismo

Feminismo socialista

Estrategia del feminismo socialista para la liberación de la mujer

Crítica

El feminismo y el posmodernismo






jueves, 5 de marzo de 2020

Una correcta Critica a Parásitos




Una lectora de Revolución Obrera nos ha hecho llegar sus opiniones sobre la reciente película Parásitos que fue muy premiada en los pasados premios Oscar. No existe el Arte por el Arte, no se puede concebir en una esfera ajena a la política, y por ello es muy importante promover la crítica que contribuya a su análisis desde el punto de vista de las clases sociales. El arte influye e inciden en toda la sociedad y dependiendo del punto de vista de clase, será arte de avanzada, revolucionario o retrógrado.
Invitamos a todos nuestros lectores, artistas y críticos de las expresiones artísticas, a utilizar esta tribuna para contribuir a elevar el nivel cultural de la clase obrera y llenarla de combatividad, para polemizar con las diferentes corrientes ideológicas que han enfatizado en que existe y se puede hacer arte sin tomar partido, compartir las experiencia y los trabajos que tengan; en fin, utilicen esta tribuna para que el arte esté al servicio del pueblo.
Revolución Obrera
¿Parásito quién?

Parásitos es “la primera película en lengua no inglesa que gana el Oscar a mejor Película”. Bien concebida, con locaciones construidas desde cero de acuerdo a los requerimientos de la historia, donde cada evento está encajado a la perfección, pero que en el fondo esconde su veneno.
No es raro que películas como estas aparezcan en esta época de ascenso del movimiento social a nivel internacional, tampoco que la burguesía le dé premios a este tipo de producciones que hacen ver a la clase obrera como los parásitos de la sociedad, y no es raro porque este es un sistema en el cual el arte tiene su sello de clase y para los verdaderos parásitos resulta conveniente voltear la arepa y explotar comercialmente la vista superficial y burguesa de cualquier situación tras el velo de una falsa realidad.

La cinta con un toque de humor negro, cuenta la historia de una familia de abajo, que vive en un sótano como cucarachas, (incluso hace referencia a esto en algunos diálogos), están sin trabajo y valiéndose de tretas, uno por uno invaden a una familia; el punto más alto de las escaleras, en que la mamá, una mujer inocente e ingenua, es quien toma todas las decisiones.

De esta manera, la película presenta a los obreros como parásitos que se meten en todo con triquiñuelas solo por conseguir dinero; obreros que se llenan de resentimientos y odios contra una familia burguesa víctima, que odia el olor a pobre, lo que por cierto se muestra reiteradamente. Son entonces estos obreros, una plaga que invade y acaba con todo lo que puede aun sin que la familia burguesa sepa que están allí, y no solo invaden todo lo que pueden sino que, además son insolidarios y competitivos con su propia clase, extremos escondidos tras el velo de una supuesta realidad que se vive en este caso en Corea del Sur.

He ahí el veneno de la nueva película ganadora del Oscar; mostrar las condiciones inhumanas en que vive una gran población del mundo, no necesariamente mostrando la realidad, máxime cuando es del todo irreal que los obreros tengan como costumbre sobrevivir a costa de otros. No se puede estar de acuerdo con que las clases trabajadoras somos parásitos ni mucho menos asesinos resentidos sin el más mínimo asomo de solidaridad, los obreros en el mundo somos una mayoría unida, solidaria luchadora y creadora, que en lugar de ser parásitos somos los que producimos todo. Parásitos los burgueses y su séquito de vagos que viven de nuestro trabajo, y en realidad van tras su sed de ganancia pasando por encima de lo que sea, pueblos enteros si se quiere.

No puede pensarse que mostrar la lucha de clases en la sociedad, sea sinónimo de mostrar lo que en realidad sucede en este sistema. Lo real es la superexplotación por parte de burgueses, terratenientes e imperialistas hacia la gran mayoría de la población, que entrega su fuerza de trabajo a cambio de condiciones de subsistencia cada vez más paupérrimas.

Sumado a ello, si una familia obrera se encuentra sin trabajo, no es porque sea su deseo, sino porque el desempleo hace parte de las consecuencias mundiales de la crisis capitalista, que también carga el proletariado sobre sus espaldas. Somos obreros y sabemos que antes de maquinar elaborados planes para despojar a una familia burguesa de sus pertenencias, rebuscamos la forma de sobrevivir, con las ventas informales, con el rebusque en el transporte público e incluso con la solidaridad de los hermanos obreros activos, que son quienes realmente sostienen al gran ejército de desempleados bajo el capitalismo imperialista. Esa es la verdadera realidad del proletariado en todo el mundo. 
Hoy más que nunca se requiere de la genialidad del arte proletario que exprese no solo con veracidad sus sentimientos, sino muestre el camino de su liberación; es hora de que el arte se ponga al servicio del pueblo; en muchos rincones del planeta estarán los Bertolt Brecht, los Víctor Jara, los Einsenstein, los Kirk Douglas que lleven a cabo esta misión.

Lectora de Revolución Obrera

sábado, 22 de febrero de 2020

Poema de Vladimir Maiakovski



SIN TITULO


Resuena en las calles la marcha de la rebelión,
Pasa majestuosamente sobre las cabezas del orgullo;
Nosotros, la creciente de un segundo diluvio,
Lavaremos el mundo como una nube que estalla.


Los días son un reluciente corcel;
Los años arrastran el abatimiento;
¡Nuestro gran dios es la rapidez!
¡Nuestro corazón un rugiente tambor!


¿Qué es más vivo que nuestrs colores?
¿Podemos ser alcanzados por las heridas de las balas?
Por rifles y bayonetas tenemos canciones;
¡Nuestro oro es el clamor de nuestras voces!



Las verdes praderas crecen,
los días estallan:
Arco iris, ¡a curvarse!
Raudos caballos, ¡a volar!



sábado, 15 de febrero de 2020

Entrevista realizada por Clara Zetkin a Vladímir Lenin en 1924

Moscú, Publicada a fines de enero de 1925.

- Lenin me había hablado muchas veces del problema de la mujer. Se veía que atribuía una importancia muy grande al movimiento femenino, como parte esencial, en ocasiones incluso decisiva, del movimiento de las masas. Huelga decir que, para él, la plena equiparación social de la mujer con el hombre era un principio inconmovible, y que ningún comunista podía ni siquiera discutir. Fue en el gran despacho de Lenin en el Kremlin donde, en el otoño de 1920, tuvimos la primera conversación un poco larga acerca de este tema. Lenin estaba sentado en su mesa de escribir, que, cubierta de papeles y de libros, hablaba de estudio y de trabajo, sin que reinase en ella ningún “desorden genial”.
—Tenemos que crear a todo trance un fuerte movimiento femenino internacion
al sobre una base teórica clara —dijo Lenin, encauzando la conversación después de las palabras de saludo.
—Sin teoría marxista no puede haber una buena actuación práctica, esto es evidente. Nosotros, los comunistas, necesitamos también de una gran pureza de principios en esta cuestión. Tenemos que distinguirnos nítidamente de todos los demás partidos. Desgraciadamente, nuestro segundo congreso internacional ha fallado en el modo de plantear el problema de la mujer. Planteó el problema, pero sin llegar a tomar una posición ante él. El asunto se halla todavía en poder de una comisión. Esta se encargará de redactar una proposición, tesis, líneas directrices. Sin embargo, hasta hoy no ha hecho gran cosa. Es necesario que usted eche una mano.
Lo que Lenin me decía lo había oído ya por otro conducto, manifestando mi asombro ante ello. Estaba entusiasmada de todo lo que las mujeres rusas habían aportado a la revolución y de lo que todavía aportaban para defenderla y sacarla adelante. El partido bolchevique me parecía también un partido modelo, el partido modelo por excelencia, en lo tocante a la posición y actuación de la mujer dentro de él. Este partido aportaba, por sí solo, elementos valiosos, disciplinados y expertos y un gran ejemplo histórico al movimiento femenino comunista internacional.
—Sí; eso es cierto, y es magnífico y está muy bien —dijo Lenin, con una sonrisa silenciosa, apenas esbozada—. En Petrogrado, aquí, en Moscú, en las ciudades y centros industriales y en el campo, las proletarias se han portado maravillosamente en la revolución. Sin ellas, no habríamos triunfado. O habríamos triunfado a duras penas. Yo lo creo así. No puede usted imaginarse lo valientes que fueron y lo valientes que están siendo todavía. Represéntese usted todas las penalidades y privaciones que soportan estas mujeres.
“Y las soportan porque quieren que los Soviets salgan adelante, porque quieren la libertad, el comunismo. Sí; nuestras proletarias son unas magníficas luchadoras de clase. Merecen que se las admire y se las quiera. Por lo demás, hay que reconocer que también las damas de la “democracia constitucional” demostraron en Petrogrado mucha más valentía contra nosotros que los hombrecillos terratenientes. Eso es verdad. En el partido, tenemos camaradas de confianza, inteligentes e incansables para la acción. Con ellas, hemos podido cubrir no pocos puestos importantes en los Soviets y Comités ejecutivos, en los comisariados del pueblo y en las oficinas públicas. Algunas trabajan día y noche en el partido o entre las masas de los proletarios y los campesinos y en el Ejército rojo. Esto, para nosotros, tiene mucha importancia. Y lo tiene también para las mujeres del mundo entero, pues demuestra la capacidad de la mujer, la gran importancia que tiene su valor para la sociedad. La primera dictadura del proletariado está siendo su verdadero campeón en la lucha por la plena equiparación social de la mujer. Desarraiga más prejuicios que muchos volúmenes de literatura feminista. Pero, a pesar de todo y con todo, todavía no existe un movimiento femenino comunista internacional, y es necesario crearlo a todo trance. Es necesario entregarse inmediatamente a esta tarea. Sin esto, la labor de nuestra Internacional y de sus partidos no es ni será nunca lo que debe ser. Y hay que conseguir que lo sea, pues lo exige la revolución. Cuénteme usted en qué situación está la labor comunista en el extranjero”.
Le informé acerca de esto, todo lo bien que podía hacerlo, dada la mala e irregular articulación que por aquel entonces existía en los partidos afiliados a la III Internacional. Lenin escuchaba mis palabras atentamente, con el cuerpo un poco inclinado hacia adelante, sin asomo de cansancio, de impaciencia o de hastío, siguiendo con reconcentrado interés hasta los detalles más secundarios. No he conocido a nadie que escuchase mejor que él ni que mejor ordenase lo escuchado, sacando de ello las conclusiones generales. Así lo denotaban las preguntas rápidas y siempre muy concretas con que interrumpía de vez en cuando los informes y el modo certero con que volvía después sobre este o aquel detalle de la conversación. Lenin tomaba algunas notas rápidas.
Como era natural, analicé con especial detenimiento la situación alemana. Expuse a Lenin la insistencia con que Rosa Luxemburgo planteaba la necesidad de ganar para las luchas revolucionarias a las grandes masas femeninas. Al fundarse el partido comunista, acuciaba porque se lanzase un periódico para la mujer. Cuando Leo Jogisches, en la última entrevista que tuvimos —dos días antes de que le asesinasen— discutió conmigo las tareas inmediatas del partido y me encomendó algunos trabajos, figuraba entre éstos un plan para la organización de la labor entre las mujeres trabajadoras. En su primera conferencia clandestina, el partido se había ocupado de este asunto. Las agitadoras y dirigentes que antes de la guerra y durante ésta se habían destacado como mujeres disciplinadas y expertas dentro del movimiento, se habían quedado casi sin excepción dentro de la socialdemocracia, reteniendo con ellas a las proletarias más inquietas. No obstante, se había logrado reunir ya un pequeño núcleo de camaradas muy enérgicas y dispuestas a todos los sacrificios, tomaban parte en todos los trabajos y en todas las luchas del partido. Este núcleo de mujeres se había puesto ya a organizar la actuación sistemática entre las proletarias. Naturalmente, estaba todo en sus comienzos todavía; pero eran ya, desde luego, comienzos muy prometedores.
—No está mal, nada mal —dijo Lenin—. La energía, la capacidad de sacrificio y el entusiasmo de las camaradas, su valentía y su habilidad en tiempos clandestinos abren una buena perspectiva sobre la labor futura. Son elementos muy valiosos para el desarrollo del partido y su robustecimiento, para su capacidad de atracción sobre las masas y para planear y desarrollar acciones. Pero, ¿qué tal andan las camaradas y los camaradas en punto a claridad y a disciplina en cuanto a principios? Esto tiene una importancia fundamental para el trabajo entre las masas. Influye enormemente sobre lo que pasa entre las masas, saber lo que las atrae y entusiasma. De momento, no recuerdo quién fue el que dijo que “para hacer grandes cosas hay que entusiasmarse”. Nosotros y los trabajadores del mundo entero tenemos todavía, realmente, grandes cosas que hacer. Veamos, pues, ¿qué es lo que entusiasma a esas camaradas, a las mujeres proletarias de Alemania? ¿Cómo andan de conciencia proletaria de clase? ¿Concentran su interés, su actuación, en las reivindicaciones políticas de la hora? ¿Cuál es el eje de sus pensamientos?
“Acerca de esto, he oído contar cosas muy curiosas a algunos camaradas rusos y alemanes. Voy a decirle a usted una. Me han contado, por ejemplo, que una comunista muy inteligente de Hamburgo edita un periódico para las prostitutas, y quiere organizar a éstas en la lucha revolucionaria. Rosa sentía y obraba humanamente como comunista cuando, en un artículo, salió en defensa de unas prostitutas a quienes no sé qué trasgresión cometida contra las ordenanzas de Policía por las que se rige el ejercicio de su triste profesión, había llevado a la cárcel. Estos seres son víctimas de la sociedad burguesa, dignas de lástima por dos conceptos. Son víctimas de su maldito régimen de propiedad y son además víctimas de su maldita hipocresía moral. Esto es evidente, y sólo un hombre zafio y miope puede no verlo. Pero una cosa es comprender esto y otra cosa muy distinta querer organizar a las prostitutas —¿cómo diré yo?— gremialmente como una tropa revolucionaria aparte, editando para ellas un periódico industrial. ¿Es que en Alemania no quedan ya obreras industriales que organizar, para quienes editar un periódico, a quienes atraer a nuestras luchas? Se trata, evidentemente, de un brote enfermizo. Esto me recuerda demasiado aquella moda literaria que convertía poéticamente a cada prostituta en una santa de los altares. También aquí era sana la raíz : un sentimiento de solidaridad social, de rebeldía contra la hipocresía virtuosa de los honorables burgueses. Pero este sentimiento sano degeneraba y se corrompía en manifestaciones burguesas. Por lo demás, también a nosotros nos va a plantear más de un problema difícil el asunto de la prostitución. Hay que tender a incorporar a las prostitutas al trabajo productivo, a la economía social. Pero esto es difícil y complicado de conseguir en el estado actual de nuestra economía y bajo todo el conjunto de circunstancias actuales. Ahí tiene usted un fragmento del problema de la mujer que se presenta ante nosotros después de la conquista del Poder por el proletariado y que reclama una solución práctica. En la Rusia soviética, esto nos dará todavía mucho que hacer. Pero, volvamos al caso especial de Alemania. El partido no puede, ni mucho menos, cruzarse de brazos ante esos desaguisados que cometen sus individuos. Esto crea confusión y dispersa fuerza. Y usted, vamos a ver, ¿qué ha hecho por impedir estas cosas?
Antes de que pudiese contestar, Lenin prosiguió:
—En su “Debe”, Clara, hay más cosas apuntadas. Me han contado que en las veladas de lectura y discusión que se organizan para las camaradas son objeto preferente de atención el problema sexual y el problema del matrimonio, y que sobre estos temas versa principalmente el interés y la labor de enseñanza y de cultura políticas. Cuando me lo dijeron, no quería dar crédito a mis oídos. El primer Estado de la dictadura proletaria lucha con los contrarrevolucionarios del mundo entero. La misma situación de Alemania reclama la más intensa concentración de todas las fuerzas proletarias, revolucionarias, para cortar los avances cada vez mayores de la contrarrevolución. ¡Y he aquí que las camaradas activas se ponen a discutir el problema sexual y el problema de las formas del matrimonio “en el pasado, en el presente y en el porvenir”! Creen que su deber más apremiante en esta hora es ilustrar a las proletarias acerca de esto. Se me dice que la publicación más leída es un folleto de una joven camarada vienesa sobre la cuestión sexual. ¡Valiente mamarrachada! Lo que interesa de estas cuestiones a los obreros hace ya mucho tiempo que lo han leído en Bebel… Pero no en un estilo aburrido, pétreo, esquemático como el del folleto, sino en un estilo recio de agitación, de agresividad contra la sociedad burguesa. Querer ampliar eso con las hipótesis freudianas, podrá parecer “culto” y hasta pasar por ciencia, pero no es más que una estupidez de profanos. La teoría freudiana es también, hoy, una de esas tonterías de la moda. Yo desconfío de las teorías sexuales expuestas en artículos, ensayos, folletos, etc., en una palabra, de esa literatura específica que crece exuberante en los estercoleros de la sociedad burguesa. Desconfío de esos que sólo saben mirar al problema sexual como el santo indio a su ombligo. Me parece que esa exuberancia de teorías sexuales, que en su mayor parte, no son más que hipótesis, y no pocas veces hipótesis arbitrarias, brota de una necesidad personal, de la necesidad de justificar ante la moral burguesa, implorando tolerancia, las aberraciones de la propia vida sexual anómala o hipertrofiada. A mí me repugna por igual ese respeto hipócrita a la moral burguesa y ese constante hociquear en la cuestión sexual. Por mucho que se las dé de rebelde y de revolucionaria, esta actitud, es, en el fondo, perfectamente burguesa. Es, en realidad, una tendencia favorita de los intelectuales y de los sectores afines a ellos. En nuestro Partido, en el seno del proletariado militante, con conciencia de clase, no tienen nada que hacer estas cuestiones.
Yo objeté que, bajo el régimen de la propiedad privada y el orden burgués, el problema sexual y el problema del matrimonio envolvían múltiples preocupaciones, conflictos y penalidades para las mujeres de todas las clases y sectores sociales. Que la guerra y sus consecuencias habían venido precisamente a agudizar para la mujer los conflictos y las penalidades que las relaciones sexuales llevan consigo, poniendo al desnudo problemas que antes quedaban ocultos. La atmósfera de la revolución en marcha se prestaba magníficamente para esto. El viejo mundo de sentimientos y de ideas comenzaba a vacilar. Los antiguos vínculos sociales se aflojaban y se rompían, descubriéndose atisbos de nuevas relaciones y actitudes humanas. Dije que el interés por estas cuestiones era un signo de la necesidad que se sentía de claridad y de nuevas orientaciones. Que en esto se revelaba también una reacción contra la falsedad y la hipocresía de la sociedad burguesa. Que el tránsito de las formas del matrimonio y de la familia a lo largo de la historia, bajo la dependencia de la economía, se prestaba para destruir en la conciencia de las proletarias la fe supersticiosa en la eternidad de la sociedad burguesa. Que una actitud de crítica histórica ante estos problemas tenía necesariamente que conducir a un análisis despiadado del régimen burgués, a poner al desnudo sus raíces y sus efectos, a marcar con el hierro candente la hipocresía de la moralidad sexual. Que todos los caminos llevaban a Roma. Que todo lo que fuere analizar con un criterio verdaderamente marxista una parte importante de la superestructura ideológica de la sociedad, un fenómeno social destacado, tenía que conducir necesariamente al análisis de la sociedad burguesa y del régimen básico de la propiedad, tenía forzosamente que desembocar ¡en el Carthiginem est delendam!
Lenin asentía sonriendo :
—Acaso lo tenemos. ¡Defiende usted como un verdadero abogado a sus camaradas y a su partido! Claro está que lo que usted dice es cierto. Pero, en el mejor de los casos, eso no hace más que disculpar, y no justificar el error cometido en Alemania. Esa conducta es y sigue siendo un error. ¿Podría usted asegurar seriamente que en aquellas lecturas y discusiones se estudian el problema sexual y el problema del matrimonio, desde el punto de vista del marxismo maduro, del materialismo histórico vivo y real? Esto exige una cultura amplísima y profunda, el dominio completo de un enorme material. ¿Dónde tienen ustedes los elementos para eso? Si los tuviesen, no se daría el caso de tomar por norma de enseñanza en esas lecturas y discusiones un folleto como el que he citado. En vez de criticarlo, se le recomienda y se le difunde. ¿Y adónde conduce esa manera superficial y antimarxista de tratar el problema? A que el problema sexual y el del matrimonio no se enfoquen como una parte del gran problema social, sino, por el contrario, éste, el gran problema social, como una parte, como un apéndice de los problemas sexuales. Lo principal se convierte en lo accesorio. Y esto no sólo siembra la confusión en estos problemas, sino que empeña los pensamientos, la conciencia de clase de las proletarias, en general.
“Además, y no es esto lo menos importante, ya el sabio Salomón decía que todo requería su tiempo. Y dígame usted, ¿acaso es este el momento de entretener meses y meses a proletarias explicándoles cómo se ama y se hace el amor, cómo se corteja y se dejan las mujeres cortejar? Claro está que todo es “en el pasado, en el presente y en el porvenir” y en los más diversos .pueblos. ¡Y luego dicen, muy orgullosas, que esto es materialismo histórico! No; en estos momentos, todos los pensamientos de las camaradas, de las mujeres del pueblo trabajador, deben concentrarse en la revolución proletaria. Esta echará también las bases para la necesaria renovación del matrimonio y de las relaciones sexuales. Hoy, son, en verdad, otros los problemas que están en primer plano, y no precisamente el de las formas matrimoniales de los negros australianos y el matrimonio entre hermanos en la antigüedad. El problema primario para los proletarios alemanes siguen siendo los Soviets. El Tratado de Versalles y sus efectos en la vida de las masas femeninas, el paro, la baja de salarios, los impuestos y muchas otras cuestiones : éstos son los problemas que hoy están a la orden del día. En una palabra, me sostengo en mi idea de que esa clase de cultura política social, que se da a las proletarias es falsa, completamente falsa. ¿ Cómo pudo usted callarse ante estos hechos? Usted debió interponer su autoridad para evitarlo”.
Expliqué al indignado amigo que, por falta de críticas y de reproches a las camaradas dirigentes de distintos sitios no había quedado, pero que ya sabía que nadie era profeta en su tierra ni entre su gente. Que mis críticas habían hecho recaer sobre mí la sospecha de que conservaba todavía “fuertes resabios de prejuicios socialdemócratas y de concepciones pequeñoburguesas pasadas de moda”. Pero que, en fin de cuentas, la crítica no había sido en balde, pues el problema sexual y el del matrimonio no eran ya el eje de los cursos y de las discusiones. Pero Lenin siguió desarrollando la idea tratada.
—Ya sé, ya sé —dijo—; también a mí se me acusa en este respecto de filisteo por ciertas gentecillas, a pesar de lo que el filisteísmo me repugna, por lo que encierra de hipocresía y de estrechez. Pero, yo soporto pacientemente todo eso. Esos pajarillos de pico amarillo, salidos apenas del cascarón de los prejuicios burgueses, son siempre terriblemente listos. Pero, ¡qué se va a hacer! Hay que resignarse a eso, y no corregirse. También el movimiento juvenil adolece de modernismo en su actitud ante el problema sexual y en su exceso de preocupación por él —Lenin ponía en la palabra “modernismo” un acento irónico, haciendo al pronunciarla un gesto desdeñoso Según me han informado muchos —continuó—, el problema sexual es también tema favorito de estudio en las organizaciones juveniles alemanas. Los conferenciantes no dan abasto, al parecer, a la apetencia del público. Y en el movimiento juvenil, este estrago es especialmente nocivo, especialmente peligroso. Fácilmente puede conducir, en no pocos jóvenes, a la exaltación y a la sobreexcitación de la vida sexual, destruyendo la salud y la fuerza juveniles. Es necesario que luchen ustedes también contra esto. No en vano el movimiento femenino y juvenil tienen muchos puntos de contacto. Nuestras camaradas debieran colaborar sistemáticamente en todos los países con la juventud. Esto sería una continuación y una exaltación de la maternidad de lo individual a lo social. Y hay que fomentar en la mujer todo lo que en ella apunte de vida y de actuación social, para ayudarla a vencer la estrechez de su psicología individual y pequeñoburguesa de hogar y de familia. Pero esto es una consideración incidental.
“También aquí una gran parte de la juventud se entrega apasionadamente a “revisar” las “concepciones burguesas y de la moral” en los problemas sexuales. Y debo añadir que se trata precisamente de una gran parte de nuestros mejores jóvenes, de los que realmente prometen. Es como usted decía antes. En la atmósfera de los estragos de la guerra y de la revolución en marcha, los viejos valores ideológicos se disuelven, al estremecerse las bases económicas de la sociedad, y pierden su fuerza coactiva. Y los nuevos valores cristalizan lentamente, a fuerza de luchas. También en punto a las relaciones humanas, a las relaciones entre hombre y mujer, se revolucionan los sentimientos y las ideas. Se trazan nuevos linderos entre el derecho del individuo y el derecho de la colectividad y, por tanto, el deber individual. Las cosas se hallan todavía en plena fermentación caótica. La orientación en la fuerza evolutiva de las diversas tendencias encontradas, no se destaca todavía con absoluta claridad. Es un proceso lento, y no pocas veces doloroso, de destrucción y de creación. Donde más se nota esto es precisamente en las relaciones sexuales, en el matrimonio y la familia. La decadencia, la podredumbre, la suciedad del matrimonio burgués, con su difícil disolubilidad, con su libertad para el hombre y su esclavitud para la mujer, la hipocresía repugnante de la moral y de las relaciones sexuales, llenan de profundo asco a los seres espiritualmente más sensibles y mejores.
“La coacción del matrimonio burgués y de las leyes por que se rige la familia de los Estados burgueses, agudiza los males y los conflictos. Es la coacción de la “santa propiedad”, que santifica la venalidad, la vileza y la porquería. La hipocresía convencional de la honesta sociedad burguesa se encarga del resto. La gente busca satisfacción a sus legítimos anhelos contra el orden repugnante y antinatural que impera. En tiempos como éstos, en que se derrumban reinos poderosos, en que se vienen a tierra instituciones antiquísimas y en que todo un mundo social amenaza con hundirse, los sentimientos individuales se transforman rápidamente, la apetencia y el anhelo de cambios en el goce se desbocan con harta facilidad.
“No basta con reformar las relaciones sexuales y el matrimonio en un sentido burgués. Es una revolución sexual y matrimonial la que se prepara, como corresponde a la revolución proletaria. Es lógico que este intrincado complejo de problemas que aquí se plantea interese muy especialmente a las mujeres y a la juventud, puesto que ambas son las primeras víctimas del falso régimen sexual imperante. La juventud se rebela contra este abuso con todo el ímpetu de sus años. Y se comprende. Nada sería más falso que predicar a la juventud un ascetismo monacal y la santidad moral burguesa. Pero es peligroso que en esos años se convierta en eje de la vida la cuestión sexual, ya bastante fuerte de suyo por imperativo fisiológico. Las consecuencias de esto son fatales. Infórmese usted acerca de esto por nuestra camarada Lilina. Esta mujer ha podido recoger grandes experiencias en su larga labor en establecimientos de enseñanza de toda clase y usted sabe que se trata de una comunista de cuerpo entero y sin prejuicios.
“El cambio de actitud de los jóvenes ante los problemas de la vida sexual es, por supuesto, una cuestión “de principio”, y pretende apoyarse en una teoría. Muchos llaman a su actitud “revolucionaria” y “comunista”. Y creen honradamente que lo es. A mi, que soy viejo, eso no me impone. Y aunque no tengo nada de asceta sombrío, me parece que lo que llaman “nueva vida sexual” de los jóvenes —y a veces también de hombres maduros– no es, con harta frecuencia, más que una vida sexual puramente burguesa, una prolongación del prostíbulo burgués. Todo eso no tiene nada que ver con la libertad amorosa, tal como la concebimos los comunistas. Seguramente conoce usted la famosa teoría de que, en la sociedad comunista, la satisfacción del impulso sexual, de la necesidad amorosa, es algo tan sencillo y tan sin importancia como “el beberse un vaso de agua”. Esta teoría del vaso de agua ha vuelto loca, completamente loca a una parte de nuestra juventud, y ha sido fatal para muchos chicos y mucha muchachas. Sus defensores afirman que es una teoría marxista. Yo no doy tres perras chicas por ese marxismo que quiere derivar todos los fenómenos y todas las transformaciones operadas en la superestructura ideológica de la sociedad directamente y en línea recta de su base económica. No; la cosa no es tan sencilla, ni mucho menos. Ya lo puso de manifiesto hace mucho tiempo, por lo que se refiere al materialismo histórico, un tal Federico Engels.
“La famosa teoría del vaso de agua es, a mi juicio, completamente antimarxista y, además, antisocial. En la vida sexual, no sólo se refleja la obra de la naturaleza, sino también la obra de la cultura, sea de nivel elevado o inferior. En su obra sobre los “orígenes de la familia”, Engels ha demostrado la importancia que tiene el que el instinto sexual fisiológico se haya desarrollado y refinado hasta convertirse en amor sexual individual. Las relaciones entre los sexos no son un simple reflejo del intercambio entre la Economía social y una sociedad física aislada mentalmente por la consideración fisiológica. El querer reducir directamente a las bases económicas de la sociedad la transformación de estas relaciones, aislándolas y desglosándolas de su entronque con la ideología general, no sería marxismo, sino racionalismo. Es evidente que quien tiene sed debe saciarla. Pero, ¿es que el hombre normal y en condiciones normales, se dobla sobre el barro de la calle para beber en un charco? ¿O, simplemente, de un vaso cuyos bordes conservan las huellas grasientas de muchos labios? Pero, todavía más importante que todo esto es el aspecto social. Pues el acto de beber agua es, en realidad, un acto individual, y en el amor intervienen dos seres y puede nacer un tercero, una nueva vida. En este acto reside un interés social, un deber hacia la colectividad.
“Como comunista, yo no tengo la menor simpatía por la teoría del vaso de agua, aunque se presente con la vistosa etiqueta de “emancipación del amor”. Por lo demás, esta pretendida emancipación del amor no es ni comunista ni nueva. Como usted recordará, es una teoría que se predicó, principalmente, a mediados del siglo pasado en la literatura con el nombre de “libertad del corazón”. Luego, la realidad burguesa demostró que de lo que se trataba era de libertar no al corazón, sino a la carne. Por lo menos, la predicación de aquel entonces denotaba más talento que la de hoy; por lo que se refiere a la realidad práctica, no puedo juzgar. Y no es que yo, con mi crítica, quiera predicar el ascetismo. Nada de eso. El comunismo no tiene por qué aspirar a una vida ascética, sino, por el contrario, a una vida gozosa y plena de fuerza, colmada, aun en lo que se refiere al amor. Pero, a mi parecer, esa hipertrofia de lo sexual que hoy se observa a cada paso, lejos de infundir goce y fuerza a la vida, se los quita. Y en momentos revolucionarios, esto es grave, muy grave.
“La juventud, sobre todo, necesita alegría y fuerza vital. Deportes sanos, gimnasia, natación, marchas, ejercicios físicos de todo género, variedad de intereses espirituales. ¡Aprender, estudiar, investigar, haciéndolo, siempre que sea posible, colectivamente!
“Todo esto dará a la juventud más que las eternas conferencias y discusiones sobre problemas sexuales y sobre el dichoso derecho a “vivir su vida”. ¡Cuerpo sano, espíritu sano! Ni monje ni don Juan, pero tampoco ese término medio del filisteo alemán. Seguramente, conoce usted a nuestro joven camarada X. I. Z., un muchacho magnífico, inteligentísimo. Pues, a pesar de todo, temo que no saldrá nada de él. No hace más que saltar de aventura en aventura femenina. Eso no sirve para la lucha política, ni sirve para la revolución. Yo me fío muy poco de la solidez, de la perseverancia en la lucha de esas mujeres en quienes la novela personal se entreteje con la política. Y tampoco me fío de los hombres que corren detrás de cada falda y se dejan pescar por la primera mujercita joven. Eso no se concilia con la revolución” —Lenin se puso en pie, golpeó la mesa con la mano y dio unos cuantos pasos por la habitación.
“La revolución exige concentración, exaltación de fuerzas. De las masas y de los individuos. No tolera esas vidas orgiásticas propias de los héroes y las heroínas decadentes de un D’Annuzio. El desenfreno de la vida sexual es un fenómeno burgués, un signo de decadencia. El proletariado es una clase ascensional. No necesita embriagarse, ni como narcótico ni como estímulo. Ni la embriaguez de la exaltación sexual ni la embriaguez por el alcohol. No debe ni puede olvidarse, ni olvidar lo abominable, lo sucio, lo salvaje que es el capitalismo. Su situación de clase y el ideal comunista son los mejores estímulos que pueden impulsarle a la lucha. Necesita claridad, claridad y siempre claridad. Por tanto, lo repito, nada de debilitarse, de derrochar, de destruir sus fuerzas. El que sabe dominarse y disciplinarse no es un esclavo, ni aun en amor. Pero, perdone usted, Clara. Me he desviado considerablemente del punto de partida de nuestra conversación. ¿Por qué no me ha llamado usted al orden? Las preocupaciones me han soltado la lengua. Me inquieta mucho el porvenir de la juventud. Es un fragmento de la revolución. Y si apuntan fenómenos nocivos que entran al mundo de la revolución arrastrándose desde el mundo de la sociedad burguesa —como las raíces de esas plantas parásitas, que se arrastran y se extienden a grandes distancias—, es mejor darles la batalla cuanto antes. Por lo demás, estos problemas forman también parte de los problemas de la mujer”.
Lenin había hablado con gran vivacidad y una gran energía. Se veía que cada palabra le salía del alma, y la expresión de su cara lo confirmaba así. De vez en cuando, un enérgico movimiento hecho con la mano subrayaba un pensamiento. A mí me asombraba que Lenin no se preocupase solamente de los grande problemas políticos, sino que dedicase también gran atención a las manifestaciones concretas y aisladas, ocupándose de ellas. Y no sólo en la Rusia soviética, sino también en los Estados gobernados todavía por el capitalismo. Como gran marxista que era, enfocaba lo concreto, dondequiera y bajo la forma que se presentase, en conexión con lo general, con los grandes problemas, y en cuanto a su importancia respecto a éstos. Su voluntad, la meta de su vida, se encaminaban en bloque, inconmovibles como una fuerza natural irrefrenable, a un solo fin: acelerar la revolución como obra de las masas. Por eso lo valoraba y lo enjuiciaba todo por la reacción que pudiera producir sobre las fuerzas conscientes propulsoras de la revolución. De la revolución nacional e internacional, pues ante. sus ojos se alzaba siempre, abarcando en su integridad la realidad histórica concreta de los diversos países y las diversas etapas de la evolución, la revolución proletaria mundial, una e indivisible.
—¡Cómo siento, camarada Lenin —exclamé—, que. no hayan oído sus palabras cientos, miles de personas ! A mí, ya sabe usted que no necesita convencerme. Pero hubiera sido conveniente que los amigos y los enemigos escuchasen su opinión.
Lenin sonrió burlonamente :
—Tal vez escriba o hable algún día acerca de estas cuestiones. Más adelante; ahora no. Ahora, hay que concentrar toda la fuerza y todo el tiempo en otras cosas. Tenemos cuidados mayores y más graves. La lucha por afirmar y consolidar el Estado soviético no ha terminado todavía, ni mucho menos. Tenemos que digerir las consecuencias de la guerra con Polonia y procurar sacar lo mejor que podamos de su terminación. En el Sur está todavía Wrangel. Claro está que tengo la firme convicción de que terminaremos con él. Esto dará también que pensar a los imperialistas ingleses y franceses y a sus pequeños vasallos. Pero tenemos todavía delante de nosotros la parte más difícil de nuestra tarea : la edificación. Esta pondrá también de relieve, como problemas actuales, los problemas de las relaciones sexuales, del matrimonio y la familia. Mientras tanto, tendrán ustedes que arreglárselas como puedan, cuando y donde esos problemas se planteen. Impidiendo que se traten de un modo antimarxista y que sirvan para alimentar desviaciones sordas y manejos ocultos. Y con esto, pasamos a hablar, por fin, de su labor —Lenin miró el reloj—. El tiempo de que dispongo para usted va ya promediado —dijo—. He charlado más de la cuenta. Debe usted redactar líneas directrices para la labor comunista entre las masas femeninas. Como conozco la posición de principio de usted y su experiencia práctica, nuestra conversación acerca de esto puede ser breve. Vamos, pues, allá. ¿Cómo concibe usted esas líneas directrices?
Tracé un resumen rápido de ellas. Lenin asentía constantemente con la cabeza. Sin interrumpirme. Cuando hube terminado, le miré como interrogándole.