REVOLUCIÓN CULTURAL

"En el mundo actual, toda cultura, toda literatura y arte pertenecen a una clase determinada y están subordinados a una línea política determinada. No existe en realidad, arte por el arte, ni arte que esté por encima de las clases, ni arte que se desarrolle paralelo a la política o sea independiente de ella. La literatura y el arte proletarios son parte de la causa de la revolución proletaria en su conjunto; son, como decía Lenin, engranajes y tornillos del mecanismo general de la revolución." - Mao Tse-tung

viernes, 12 de octubre de 2018

Sendero ardiente: Un viaje a la revolución en la India

En apoyo a la Guerra Popular en la India este blog tradujo los subtitulos del siguiente documental al español, material que gustosamente compartimos con nuestros visitantes.

Sendero ardiente es un documental de las áreas rojas de la India, donde se relata la estremecedora y decidida lucha de los maoistas en la India por realizar la Guerra Popular, generar gobiernos populares en esas zonas liberadas y ganarse a las masas para la Revolución. El documental fue elaborado por el Partido Comunista de la India (maoista).

En la introducción del vídeo aparece el siguiente mensaje: "Este filme está dedicado a la memoria del camarada Shyam, Mahesh, Murali y miles que han sacrificados sus vidas para hacer posible este camino"



Desde la misma pagina de archive.org se puede descargar el vídeo. Los subtitulos en español de elaborados por este blog se pueden descargar de acá:

Subtitulo en español

sábado, 29 de septiembre de 2018

EL "MANDÓN" (CUENTO DE SERGUÉI ALEXÉIEV)



A pie, desde la provincia de Kostromá, llegó a Petrogrado un grupo de campesinos que venían a visitar al camarada Lenin. En raídos abrigos, alpargatas, gorros con orejas y morrales al hombro, se dirigieron al Smolny.

Por esos días, allí había muchísima gente: obreros, campesinos, soldados del Ejército Rojo, marinos. Debido al sordo murmullo de voces, el edificio tenía cierto parecido con una colmena.

Los campesinos de Kostromá avanzaron mirando hacia todos lados, buscando a Vladímir Ilich Lenin.

Casualmente y sin sospecharlo siquiera, se encontraron con él y lo abordaron:
- Oiga, amigo, díganos dónde está el mandón.
- ¿Quién dicen? -les preguntó Lenin, extrañado.
- Pues, el mandón -le repitieron los campesinos-. El que manda ahora en Rusia.
- ¡Ah, ya! El mandón -sonrió Lenin y miró a su alrededor-. Pues, ahí está -les dijo y señaló hacia un sitio indefinido a espaldas de los campesinos, volvió a sonreír con picardía y siguió su camino.

Los campesinos se volvieron y en el corredor vieron a un grupo de obreros. Un poco más allá, unos soldados discutían animadamente de algo. Un marino del Aurora fumaba plácidamente. Al fondo, esperaba otro grupo de campesinos, también en alpargatas y gorro con orejeras. Llevaban morrales al hombro y, a todas luces, también habían llegado a pie.

Los de Kostromá miraron desorientados a los obreros, a los soldados, al marino y a los otros campesinos.
- Aquí no puede estar el mandón -decidieron, extrañados-. Seguramente, el hombre de la barbita se ha equivocado.
- ¿A quién buscan, abuelos? -oyeron de pronto una voz y vieron que un joven obrero se les acercaba-. Seguramente, es la primera vez que vienen por aquí.
- Claro que sí. Quisiéramos ver a Lenin, buen hombre.
- ¿A Lenin?
- A él mismo. A Vladímir Ilich.
El joven los miró con desconfianza.
- ¡Pero si él acaba de hablar con ustedes!

Los campesinos le refirieron su conversación con Vladímir Ilich. El obrero se echó a reír.
- ¿Entonces, ustedes le preguntaron por el mandón de Rusia? Pues el compañero Lenin les ha dicho la verdad. Bueno, si quieren ver a Vladímir Ilich, deben subir al tercer piso.
Los campesinos tomaron sus morrales.
- Vaya con la cosa -dijo uno-. Aquí hay algo que no entiendo.
- Sí, hay algo raro -concedió otro.

Se quedaron mirando al tercero, al mayor de todos. Pero éste estaba sumido en profundas reflexiones, arrugado el entrecejo.
- ¿Cómo entender eso, Afanasi Danílovich? -lo interpelaron los campesinos.
- ¿Cómo? Pues, como nos lo ha dicho -dijo el viejo y una sonrisa iluminó su rostro.
Subieron al tercer piso y se aproximaron al gabinete de Lenin.
- ¿A quién buscan? -les preguntó el secretario a la entrada.
- Al compañero Lenin.
- ¿Cómo anunciarlos?

El viejo miró a los suyos, carraspeó para mayor solemnidad, se limpió los bigotes con la mano y dijo:
- Dile que ha llegado el mandón. El que ahora manda en Rusia.

La Cheka ha extraído este cuento del libro Cuentos de la historia de Rusia. Moscú: Editorial Ráduga, 1976.

domingo, 26 de agosto de 2018

Noventa y tres (Victor Hugo)

Novela

Noventa y tres (en francés Quatrevingt-Treize) es la última novela de Victor Hugo. Publicada en 1874, está ambientada en una de la fase más revolucionaria de la Revolución francesa. Hugo tenía la intención de realizar una trilogía novelesca dedicada a la Revolución, de la que ésta sería el primer volumen. Sin embargo, no pudo terminar su proyecto. En la novela el Noventa y tres Victor Hugo ve la oportunidad de exponer los frutos de su profunda reflexión sobre los hechos revolucionarios y la legitimidad de la Revolución, ya que tan solo habían pasado tres años de la Comuna de París de 1871, con lo cual busco reanimar literariamente el espíritu revolucionario de su pueblo.



Es muy importante señalar el enorme papel de las masas en la revolución francesa, hecho muy bien descrito por Victor Hugo, la novela esta ambientada en la Guerra Civil que se desata en la Vendée, provincia ubicada al oeste del país -predominantemente feudal y un verdadero bastión de la monarquía-,  en donde se organiza una contrarrevolución. La novela también aborda el papel desempeñado por las mujeres y el papel desarrollado por hombres como Cimourdain; ex sacerdote devenido partidario del ideal revolucionario, un intachable revolucionario e inexorable en sus objetivos: es, al decir de Hugo, “el espantoso hombre justo”. Cimourdain es una muestra de la influencia revolucionaria en las esferas del Obispado y de la utilización de todo su conocimiento -los miembros del Obispado antes de la Revolución Francesa poseían el monopolio de toda la cultural  y literatura conservados por la monarquía- en favor de la revolución.

Descargar de Archive.org



domingo, 12 de agosto de 2018

¿Paz o violencia? y El Hombre y el Arma

Vo Nguyen Giap fue un comunista vietnamita y General del Ejercito Popular de Vietnam. Un brillante militar y un estratega que derrotó  en grandes batallas como Lạng Sơn (1950); Hòa Bình (1951–1952); Điện Biên Phủ (1954); la Ofensiva del Tết (1968); la Ofensiva de Pascua (1972) y la Campaña final de Hồ Chí Minh (1975) a dos países imperialistas como lo fueron Francia y Estados Unidos. Los dos artículos contiene plena vigencia, ya que coloca la violencia revolucionaria en su justo lugar frente a la visión y táctica de los revisionistas que pregonan la conciliación de clases. En el arma y el hombre Giap hace trizas los argumentos de los revisionistas socialimperialistas rusos sobre la hegemonía del enemigo a través de las armas.


En un momento en el que las guerrillas en Colombia entregan las armas a los centenarios enemigos del pueblo, en donde firmaron los "acuerdos de paz" que legitimaron el despojo violento de las tierras de los campesinos a sangre y fuego, y su posterior ingreso en el podrido establo parlamentario y su ingenua confianza en él, desde el proletariado revolucionario les decimos que su lucha desvirtuada a inicios de los 80ta por la participación en la presente guerra por la renta extraordinaria de la tierra y el negocio de los psicotropicos, distinta a la justa lucha guerrillera de los 60 y 70, no representa los intereses del pueblo colombiano, y para las personas despistadas que albergan ilusiones por ese camino, les compartimos los dos siguientes artículos.


¿Paz o violencia?

La violencia: partera del nuevo sistema social

Desde el momento en que la sociedad fue dividida en clases, las clases dominantes establecieron su máquina de Estado para oprimir y explotar a las clases dominadas por ellas. El Estado es el instrumento de la violencia empleado por las clases dominantes para aplastar toda resistencia que pueda surgir en las clases dominadas. Los dominadores emplean tropas, policías, espías, tribunales de Justicia y prisiones contra los dominados. Las clases explotadoras en el Poder emplean siempre, por una parte, la violencia para reprimir a las clases explotadas. Por otra parte, emplean a sus “teóricos” para esparcir el pacifismo y la teoría de la “no violencia” tratando de que los explotados se resignen a su destino sin recurrir a la violencia para resistir a las clases explotadoras en el Poder.
Sin embargo, los que constantemente recurren a la violencia para la represión del pueblo trabajador, son los que claman contra el uso de la violencia. La violencia a la que se oponen y atacan es la que los oprimidos y explotados por ellos emplean para resistirlos, en tanto que la violencia que ellos emplean frecuentemente para reprimir al pueblo trabajador la proclaman como un favor que conceden a este último.

Los que han tragado el veneno del pacifismo y humanitarismo burgueses se oponen a toda clase de violencia. No hacen ninguna distinción del carácter de clase de los diversos tipos de violencia. Para ellos la violencia empleada por la burguesía con objeto de reprimir al proletariado y la violencia empleada por el proletariado para resistir a la burguesía son una y la misma cosa. Lenin dijo una vez: “Hablar de ‘violencia’ en general, sin distinguir las condiciones que diferencian la violencia reaccionaria de la revolucionaria, es equipararse a un filisteo que reniega de la revolución, o bien, sencillamente, engañarse uno mismo y engañar a los demás con sofismas” [1]
Para los pacifistas, todo tipo de violencia es malo. Frente a la muerte causada por la violencia, lo único que pueden hacer es gemir y lamentarse. No saben nada de la ley del desarrollo social. Sólo ven el lado feo de la violencia y no comprenden que, además de su fealdad, juega un papel revolucionario en la historia. Marx dijo una vez que la violencia “es la partera de toda vieja sociedad que lleva en su seno otra nueva”.

El revisionismo y la violencia

Hoy en día los revisionistas contemporáneos y los oportunistas de derecha del movimiento comunista y del movimiento obrero siguen batiendo la lengua sobre “paz” y “humanitarismo”; no se atreven a mencionar la palabra “violencia”. Para ellos la violencia es tabú. Temen la palabra “violencia” como la sanguijuela a la cal. El hecho es que han negado la teoría marxista-leninista sobre el papel de la violencia en la historia. Hace más de ochenta años, al criticar la filosofía reaccionaria de Dühring, Engels escribió: “Para Herr Dühring la violencia es el mal absoluto; el primer acto de violencia es para él el pecado original. Toda su exposición es una jeremiada sobre la manera en que hasta hoy la historia se ha contaminado así por el pecado original, sobre la infame desnaturalización de todas las leyes naturales y sociales por este poder diabólico: la violencia. Pero, la violencia juega todavía en la historia otro rol: un rol revolucionario; según las palabras de Marx, ella es la partera de toda vieja sociedad que lleva en su seno otra nueva; es el instrumento con ayuda del cual el movimiento social se abre camino y hace añicos las formas fosilizadas y muertas; de esto no hay ni una sola palabra en Herr Dühring” [2]

Los comunistas no son tolstoístas o discípulos de Gandhi que predican la “no violencia”. Tampoco difunden la idea de la “violencia por la violencia”. No son “belicosos” y “sedientos de sangre” como siempre dicen los reaccionarios para calumniarlos. Simplemente muestran los comunistas un hecho, es decir, la violencia es un fenómeno social, un resultado de la explotación del hombre por el hombre y un medio empleado por los bloques dominantes y explotadores para mantener y extender su dominación. Los comunistas sostienen que la clase obrera y el resto del pueblo trabajador –víctimas de la explotación y dominación– deben recurrir a la violencia revolucionaria para aplastar a la violencia contrarrevolucionaria, de modo que puedan lograr su propia emancipación y que la sociedad pueda avanzar de acuerdo con la ley del desarrollo histórico. Hace más de cien años Marx y Engels establecieron claramente en el Manifiesto Comunista: “El proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, implanta su dominación” [3].

También dijeron: “Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente” [4].

Los comunistas plantean el rol histórico que juega la violencia no porque sean “maníacos” de la violencia sino porque es una ley que rige el desarrollo social de la humanidad. No puede triunfar ninguna revolución y ningún desarrollo de la sociedad humana es posible sin entender esta ley.

La dictadura del proletariado

La causa revolucionaria del proletariado no significa una simple barajada del personal gubernamental o un simple cambio de gabinete mientras sigue intacto el viejo orden político y económico. La revolución proletaria no debe conservar la máquina del Estado (policía, gendarmes, fuerzas armadas y estructura burocrática existentes), empleada principalmente para oprimir al pueblo sino que debe aplastarla y reemplazarla por una absolutamente nueva. Esta es una de las condiciones que marcan la diferencia entre la revolución proletaria y la revolución burguesa. La revolución burguesa no aplasta la máquina del Estado feudal existente, sino que se apodera de ella, la mantiene y la perfecciona. Por el contrario, la revolución proletaria aplasta la máquina estatal existente del sistema capitalista.
La revolución proletaria es un proceso de aguda lucha en la cual la burguesía es derribada, el orden burgués es destruido, las propiedades de los capitalistas y terratenientes son confiscadas y se realiza la propiedad pública de los diversos principales medios de producción. La clase obrera no se apodera simplemente de la máquina estatal existente ni transfiere la máquina estatal militarista burocrática de las manos de la burguesía a las suyas. Debe aplastar la máquina estatal burguesa y establecer una nueva máquina estatal propia, es decir, la dictadura del proletariado. Aplastar la máquina estatal existente es “la condición preliminar de toda revolución popular verdadera”. En una carta a L. Kugelman en 1871, Marx consideraba que tal acción era esencial para todos los países de Europa continental, y que en los años de 1870 a 1880, en los países fuera del continente europeo, tales como Inglaterra y los EEUU, era posible que la clase obrera se apoderara del poder estatal por medios pacíficos, porque en ese tiempo el capitalismo no había crecido hasta transformarse en el capitalismo monopolista y todavía no se habían desarrollado en Inglaterra y EEUU el militarismo y la burocracia. Este era el estado de cosas antes de que surgiera el imperialismo. Pero al comenzar el siglo XX, cuando el capitalismo prevalecía en todos los países y se desarrollaba hasta alcanzar su etapa superior, es decir, el imperialismo, y cuando el militarismo y la burocracia comenzaron a aparecer en Inglaterra y los EEUU, la posibilidad de apoderarse del poder estatal por medios pacíficos no existía ya en esos dos países. En 1917 Lenin escribió en El Estado y la Revolución que esta tesis de Marx con su limitada aplicación al continente ya no podía aplicarse y que en Inglaterra o EEUU la demolición de la maquinaria estatal existente ya se había convertido en la condición primordial para cualquier revolución popular auténtica. En 1918, en La revolución proletaria y el renegado Kautsky, Lenin consideraba esta cuestión como una ley universal: “La revolución proletaria es imposible sin destruir violentamente la máquina del Estado burgués y sin sustituirla por otra nueva…” [5].
Cuando Lenin criticó la llamada tesis de Kautsky de que “la transición podía ocurrir pacíficamente, es decir, de una manera democrática”, señaló claramente que este era un intento de ocultar a los lectores el hecho de que la violencia revolucionaria es el signo fundamental del concepto de la dictadura del proletariado, y que era un fraude encaminado a sustituir la revolución violenta por la revolución pacífica. Dijo: “todos los subterfugios, los sofismas, las viles falsificaciones de que Kautsky se vale, le hacen falta para rehuir la revolución violenta, para ocultar que reniega de ella, que se pasa al lado de la política obrera liberal, es decir, al lado de la burguesía. Ahí está el quid” [6].
Extracto de un artículo de Vo Nguyen Giap publicado en El hombre y el arma, pág. 153 a 158, ediciones La Rosa Blindada, 1968.




EL HOMBRE Y EL ARMA(1)

Según el marxismo-leninismo, el motor del desarrollo de la sociedad humana dividida en clases, es la lucha de clases, y son las masas populares las que siempre hacen la historia. Por lo tanto, al analizar la relación entre el hombre y el arma, nuestro partido afirma que es el hombre el factor decisivo, y critica enérgicamente la teoría burguesa según la cual el arma es lo decisivo. Tratando de salvarse del peligro de su aniquilamiento, el imperialismo lleva a cabo, con todos sus esfuerzos, la propaganda sobre la “omnipotencia de las armas” y en realidad utiliza el arma para dominar al hombre, amenazando y reprimiendo el movimiento revolucionario de los pueblos trabajadores. Para revisar los puntos de vista fundamentales del marxismo-leninismo sobre la lucha de clases, los revisionistas contemporáneos se apoyan sobre el arma nuclear. Consideran que, ante el gran poderío del arma nuclear, los pueblos trabajadores oprimidos y explotados no tienen otro camino que el de sustituir la lucha de clases por la conciliación de clases. Toman la llamada “contradicción entre la humanidad y el arma nuclear” para sustituir la contradicción de clases y no distinguen el amigo del enemigo, las guerras justas de las injustas, los instigadores de guerra de los defensores de la paz.


Los marxistas consideran que el arma nuclear tiene gran potencia, pero que no es mas que un instrumento de la lucha de clases y que no la sustituye. El arma nuclear influye enormemente en la estrategia y táctica militares, pero no cambia la estrategia revolucionaria del proletariado ni le hace confundir acerca de cuáles son sus enemigos y cuáles sus amigos. Las armas nucleares influyen en el desarrollo de las hostilidades y la victoria pero no es el elemento determinante de la victoria y tampoco hacen cambiar la perspectiva de desarrollo de la sociedad. En la guerra el factor decisivo es y será siempre el hombre; las masas populares son y seguirán siendo las forjadoras de la historia. El proletariado y el pueblo trabajador, oprimidos y explotados, han derribado, en la lucha de clases, el yugo dominante de la clase explotadora, han conquistado triunfos consecutivos y continúan venciendo apoyados principalmente en su nivel de conciencia y espíritu organizativo. De haber escuchado las tesis que consideran al arma como factor decisivo y al poseedor de muchas y buenas armas como seguro vencedor sobre el que tiene pocas y malas, el proletariado y los pueblos trabajadores oprimidos se habrían cruzado de brazos y encaminado por un callejón sin salida y no habrían podido construir, partiendo con las manos vacías, la obra que actualmente han realizado. (...)



La guerra es la continuación de la lucha política mediante las armas. Toda guerra tiene carácter de clase. La lucha armada de los pueblos oprimidos y explotados es la lucha contra la clase opresora y explotadora por la conquista de la independencia nacional, la democracia y el derecho a vivir del hombre. Así, en la formación de las fuerzas armadas, a fin de lograr la victoria en la guerra, ¿cómo concebir y resolver el problema del hombre y el arma? Partiendo de la afirmación de que los promotores principales de nuestra revolución son las masas obreras y campesinas bajo la dirección del Partido de la clase obrera, nuestro partido preconizó, desde el día de su fundación y en su programa político: “fundar un ejercito obrero-campesino”. Los hombres de las fuerzas armadas de nuestro partido y pueblo no son más que el obrero, el campesino y el pueblo trabajador. Son los que tienen como Miliciano del Ejército Popular de Liberación. Política y Teoría objetivo de lucha la independencia nacional, la tierra para los que la trabajan y el avance hacia el socialismo. Con tan justa causa por objetivo, con el invencible ideal del marxismo-leninismo, los combatientes y cuadros revolucionarios de las fuerzas armadas del pueblo vietnamita son persistentes y férreos núcleos unidos que ninguna violencia podrá quebrantar; por cruel que sea el enemigo, no lo temen; por más armas modernas que este tenga a su alcance no podrá derrotarlos. La historia de la lucha y el crecimiento durante veinte años de nuestro ejército y su tradición de “resueltos a combatir y a vencer” demuestran elocuentemente que nuestro ejército ha conseguido una poderosa fuerza de lucha porque es un ejército obrero-campesino, formado por elementos destacados del proletariado y campesinado, creados por el pueblo, organizado y dirigidos por el Partido de la clase obrera.


Así, cuando apreciamos el papel del hombre en la lucha armada y en las fuerzas armadas, debemos señalar claramente su carácter de clase, es decir, ver cuál es la clase que lleva a cabo la guerra y la naturaleza de clase de esas fuerzas armadas. Allí reside la diferencia fundamental entre la ciencia militar proletaria y la ciencia militar burguesa. (...) Logrado el punto de vista marxista sobre el papel del hombre vemos, inmediatamente, la perspectiva del ejército y del lado de quién se encuentra la victoria. Esto refleja el carácter invencible de la guerra justa dirigida por el proletariado -y de su ejército- representante del modo de producción más progresista de la historia. Refleja también la derrota inevitable de la guerra injusta llevada a cabo por una clase moribunda y la disgregación inevitable de todos los ejércitos de la clase explotadora. Nuestro Partido enfrentó firmemente el problema clave, vital, cual es la naturaleza proletaria en la formación del ejército. Así nuestro ejército fue probado en el fuego de la lucha y creció rápidamente como el “Apóstol Llong” (2). De hoy en adelante, en cuanto a nuestra observación de la situación del hombre dentro de las fuerzas armadas, debemos mantener firmemente este problema vital.


Cualquiera que sea el ejército, al analizar sus características, vemos que ellas resultan de la coordinación entre dos factores fundamentales, cuyas relaciones son inseparables: el hombre y el arma. Pero el carácter de la relación entre esos dos factores lo decide la naturaleza de clase del ejército y de la guerra que lleva a cabo. En el ejército de la clase explotadora, dedicado a realizar guerras injustas, de acuerdo con la contradicción antagónica existente entre los explotadores, dueños de las armas, y las masas militares pertenecientes a las clases explotadas, obligadas a ser carne de cañón y a luchar como mercenarios, la ley de la coordinación entre el hombre y el arma es opuesta, el arma es la que domina al hombre; también aquí, entre el hombre y el arma, existe una contradicción antagónica, reflejo del antagonismo de clase entre el hombre explotador y el explotado, entre los explotadores dueños de las armas y los que las empuñan como mercenarios. No obstante, cuando el soldado ignorante de sus intereses de clase empuña el arma para combatir y obtiene victorias, cada victoria obtenida es su propia derrota, ya que es un trabajador oprimido y explotado. Los intereses de los trabajadores solamente serán garantizados cuando rechace el uso de las armas para combatir como mercenario, realice la lucha contra la guerra y vuelva el cañón del fusil para disparar a la cabeza de los explotadores, poseedores de las armas.


Ese es el camino de lógico desarrollo de los ejércitos de la clase explotadora, especialmente los del imperialismo, sus títeres y lacayos; porque, de acuerdo a las leyes de la historia, son las masas explotadas las que vencerán a las clases explotadoras; porque, el hombre es quien fabrica el material y lo domina y no se deja nunca dominar por el material. A pesar de que los explotadores realizan todas las maniobras posibles, desde la acción psicológica, el soborno, la demagogia, la corrupción, el libertinaje, hasta el apremio brutal –atan con cadenas las piernas del soldado a las ametralladoras para conseguir en sus tropas la cohesión entre el arma y el hombre- y pese a que logran algunos éxitos momentáneos, su ejercito no podrá escapar de la derrota. Así lo demostró la realidad del Cuerpo expedicionario francés y de las tropas títeres de Bao Dai en la pasada guerra en todo el país, como la actual del ejército yanqui en el sur.


Por el contrario, en el ejército del proletariado, debido a que no existe la contradicción de clase antagónica, y a que los intereses de clase son unánimes –bases de la cohesión política y moral-, la ley de la coordinación entre el hombre y el arma es la del dominio del hombre sobre el arma. En el seno de esta relación entre el hombre y el arma no existe la contradicción antagónica entre el hombre y el arma sino una relación dialéctica de mutua influencia en la cual el hombre juega el papel dirigente. Por eso, solamente aquí se realiza la unidad entre el hombre y el arma de manera completa e integra; el hombre puede desarrollar su moral y todas sus capacidades a fin de desarrollar hasta el máximo el poderío de las armas, de mantenerse firme frente a todas las circunstancias políticas complejas, así como vencer en las mas difíciles fases del combate. Eso hace del ejército proletario un ejército invencible, resuelto a combatir y a vencer.


La cohesión en el ejército proletario entre el hombre y el arma tiene bases de clase, se mueve y desarrolla a través de las actividades conscientes del hombre. Éste realiza su papel decisivo en el combate en un todo unido estrechamente con el arma porque, en la particularidad de la forma de acción armada, el arma es el instrumento fundamental del hombre para convertir la posibilidad de sus fuerzas morales en fuerzas materiales capaces de destruir al enemigo. Por eso, al apreciar al hombre dentro de las fuerzas armadas, después de señalar claramente su naturaleza de clase, debe vérsele en su relación orgánica con el arma y el desarrollo dialéctico de esta relación según el desarrollo de la revolución, de la lucha de clases en cada momento.



Notas:


1. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Hoc Tap (Estudio), órgano teórico del Consejo Central del Partido del Trabajo de Vietnam y reunido junto a otros trabajos en volumen por Ediciones en Lenguas Extranjeras, Hanoi, en 1965. Fue editado en Buenos Aires en 1968 por La Rosa Blindada, editorial cuyo director es José Luis Mangieri, y que también publicó “Guerra del pueblo, Ejército del pueblo” del mismo Giap y una “Selección de escritos políticos” y los “Cuadernos de la cárcel” de Ho Chi Minh. De esta edición local tomamos el siguiente extracto. La introducción es un extracto de un artículo del compañero de la JCR, Juan Morel.
2. Según una leyenda vietnamita, el “Apóstol Llong”, a la edad de 3 años, frente a la agresión extranjera, creció vertiginosamente, convirtiéndose en jefe de las tropas de la dinastía de Hung y liberó gloriosamente a su patria.


Libros de Von Gnuyen Giap

Guerra del pueblo, ejercito del pueblo

Armar a las masas revolucionarias, construir el Ejército popular

miércoles, 1 de agosto de 2018

Fetis Siablikov

Cuento soviético de Vasili Ilienkov



Eran doce y estaban presos, bajo llave, en un frío granero koljosiano. Llegaba a sus oídos el crujir de la nieve bajo las pisadas del centinela.
-“Parece que está cayendo una fuerte nevada“, dijo Fetis, rompiendo el silencio que pesaba sobre todos.
Permanecían callados porque un pensamiento los torturaba. Por la mañana les habían preguntado:
-“¿Quién de vosotros es comunista?
Nadie respondió.
-“Ah, pensaba…“, dijo el oficial alemán, y con un gesto significativo descansó la mano sobre la funda de la pistola.
En la aldea habían quedado retenidos dos comunistas, Zabotkin, el presidente del koljos y Vasilitch, el secretario del Partido. El primero había sido asesinado por los alemanes, aquella mañana, en el centro de la plaza, en presencia de todos los koljosianos.
Zabotkin era un hombre de constitución muy fuerte, podía levantar un caballo. Se ponía debajo del abdomen del animal, contraía los músculos y lo suspendía en el aire sobre sus poderosos hombros.
El día antes, ayudando a levantar un camión que se había quedado atascado en el barro, Zabotkin torció un pie, lo que le impidió alcanzar el bosque con los guerrilleros camaradas.
Los alemanes lo capturaron y lo ataron de pies y manos a dos tanques, que pusieron en movimiento. Zabotkin apenas tuvo tiempo de gritar:
-“¡Adiós hermanos!
Todos grabaron para siempre en su mente la expresión de sus ojos grandes, negros, profundos y tan implacables que Fetis pensó:
-“Este hombre no perdonará ni después de muerto“.
Cada uno de los presentes tuvo la impresión de que Zabotkin lo miraba especialmente, tal como sucede, a veces, cuando miramos un cuadro, cuyo protagonista parece seguirnos con su mirada.
Fetis estaba convencido de que Zabotkin lo había mirado y le había dicho con un tono acusatorio:
-“¡Ah! ¡Fetis, Fetis!, si hubieses puesto la tabla bajo las ruedas del camión en vez de estar rascándote la cabeza, no me habría torcido el pie, no habría sido capturado por los alemanes y no habría sufrido este horrible tormento…
Y, al recordarlo, Fetis murmuró:
-“La tabla…debí haber colocado la tabla…
Varios de los once camaradas lo miraban con sorpresa. Vasilitch cambió las muletas de lugar y levantó la cabeza.
Al notar la mirada del secretario del Partido, Fetis pensó:
-“Este también tiene motivos para odiarme“.
Y de hecho, Vasilitch lo miraba con desconfianza, con el ceño fruncido. Fetis bajó los ojos pensando:
-“Este paralítico es un brujo…Da la impresión de ser sólo un saco de huesos, pero cuando clava los ojos en una persona parece que la atraviesa. No hay quien la resista“.
Hacia dos años que Vasilitch había perdido el movimiento en las dos extremidades inferiores. Fue en primavera. Llevaban un carro con sacos de semillas por caminos llenos de barro, el agua se precipitaba por la pista. El hielo se partió bajo el peso del carro y los sacos llenos se semillas de un trigo especial cayeron dentro del agua. Vasilitch fue el primero en sumergirse en el agua helada para salvar la preciosa carga. Los demás siguieron su ejemplo, salvo Fetis, que permaneció tranquilamente en la orilla, indiferente a lo que estaba sucediendo.
Desde ese día, Vasilitch comenzó a andar en muletas. Pero en sus ojos surgió una fuerza irresistible que hacía que Fetis no fuese capaz de mirarle a la cara, dominado por la vergüenza y por el miedo.
Vasilitch permanecía sentado, inmerso en sus pensamientos. Estaba convencido de que los alemanes lo matarían y, por eso, ahora, creía que lo más importante era hacer un balance de todo lo bueno que había aprendido en su vida como miembro del Partido Comunista. ¿Cómo se despedirían de él, en su fuero interno, aquellos once hombres? ¿Había allí alguien capaz de denunciarlo a los alemanes?
Vasilitch se puso a examinar mentalmente a cada una de las personas que estaban en el granero. Durante quince años había tenido la posibilidad de estudiarlas bien a todas ellas y veía, como en una película, lo que cada cual escondía dentro del alma, igual que piedras en el fondo de un lago cristalino.
El viejo Danila, bajito y flaco, tiritaba de frío mientras se frotaba los pies descalzos. Los alemanes le habían tirado las botas de fieltro. El viejo tenía las piernas muy finas, peludas y llenas de venas azuladas…Tomicha, su hijo, estaba en el frente, comandando un ejército. ¡Los alemanes no arrancarían ni una sola palabra de ese hombre que tenía un hijo defendiendo la patria!
Maxim Savelievitch, ingeniero agrónomo y jefe de una brigada koljosiana, preferiría morir, soportaría todo tipo de torturas antes de denunciarlo. Una vez, cuando Vasilitch sugirió su ingreso en el Partido, respondió:
-“No me siento digno de ese honor. ¿Qué espíritu debe tener un comunista? Un espíritu que retrate toda la grandeza humana. Por eso, es mejor que siga cuidando de las cosechas...”.
Se puso muy alegre cuando se enteró de que había bolcheviques sin partido.
-“Yo soy uno de ellos“, exclamó.
Al lado de Vasilitch estaba Ivan Turlitchkin, un hombre sin importancia, pero como era compadre de Maxim Savelievievitch, haría todo cuanto este hiciese y lo seguiría hasta el patíbulo si fuese preciso.
Vasilitch estuvo examinando uno por uno a los diez hombres y en ninguno de ellos vió un mínimo signo de traición que los alemanes deseaban encontrar. Por último, faltaba Fetis Siablikob…
Fetis era un hombre intratable, siempre malhumorado con todo y con todos. Criticaba injustamente los trabajos realizados en el Koljós, murmurando por lo bajo:
-“Toca exprimir nuestro bolsillos…
Cuando Vasilitch, arrastrando las piernas, iba a visitarlo, Fetis salía rosmando a su encuentro:
-“¿Qué? ¿Ya vienes a perdir dinero para la construcción de otro avión? O quién sabe, igual quieres una colecta para ayudar a los negros“.
Vasilitch acostumbraba recitar esta frase en sus discursos:
-“Así vivimos nosotros…Veamos ahora como viven los negros…“.
Y Fetis no perdía ocasión de responderle:
-“No nos deben envidiar mucho…“. Y luego se marchaba.
En esas ocasiones, Vasilitch iba a buscarlo a casa y le hacía una larga exposición sobre el Estado Soviético y el deber de los ciudadanos. Fetis acababa por suscribir el préstamo o daba una contribución para cualquier cosa. Sacaba, con mucho cuidado, la cartera llena de notas, humedecía los dedos con saliba y se ponía a contar lentamente el dinero.
-“Fetis, eres duro como un nudo de álamo…“, le había dicho Vasilitch perdiendo la paciencia.
Esos nudos son tan fuertes y resistentes, tienen las fibras entrelazadas y unidas de tal forma que ni la sierra ni el machete consiguen afectarles.
-“A pesar de los años transcurridos, aún no he logrado pulir esta piedra…“, pensó Vasilitch con amargura, contemplando el rostro de Fetis.
Mientras tanto, Fetis, con el gorro de piel enterrado hasta las cejas, se acercaba a cada uno de los compañeros y les susurraba cualquier cosa a los oídos. En ese momento cuchicheaba algo con Maxim Savelievitch. Este negaba conla cabeza y lo apartaba con las manos.
-“¡Apártate, quítate esas locuras de tu cabeza!“, le gritó.
Esto lo escucharon todos.
-“Está tratando de convencerlo de que me acuse“, pensó Vasilitch, y, preparándose para todo, se dijo a si mismo: “Bien Vasilitch, trata ahora de responder por todo lo que hiciste en la aldea durante estos quince años“.
Volvió a recorrer los ojos de todos los presentes, y, de repente, recordó como aquella gente era completamente diferente antes de llegar él a la aldea. Hacía quince años que Maxim Savelievich le había dado con un palo al viejo Danila por haber cogido una manzana de su granja que el viento había tirado. Al año siguiente, el viejo Danila degolló una gallina de Maxim que había saltado a su patio trasero.
Pasaron algunos años y aquellos hombres construyeron juntos una fuente abovedada y censuraban a los que no daban agua, a ciertas horas, al caballo del koljós. Hoy, todos formaban una única familia, tranquila y unida. Vasilitch se alegró al pensar que todo aquello era obra suya, fruto de su espíritu. Que había plantado todo eso en sus consciencias con el sacrificio de su salud. ¡Había cumplido con creces su deber de comunista!. Apoyándose en las muletas, Vasilitch se aproximó a una ventana con el fin de lanzar un último vistazo a aquel mundo tan amado.
Fetis, que estaba sentado junto a la puerta, se encogió más, intentando esconderse en la sombra. Desde allí observaba al secretario del Partido.
Su rostro reflejaba el mismo aire de sorpresa que cuando vió a Vasilitch lanzarse a las aguas heladas, mientras él permanecía fuera, sin comprender como puede un hombre arriesgar la vida entre bloques de hielo para salvar algunos sacos de trigo que, a fin de cuentas, no eran sólo de él…
Vasilitch miraba a través de la ventana y en su rostro brillaba una luz interior. Sonreía como sólo sabe sonreír un padre contemplando la cuna de un hijo. Cuando Vasilitch se apartó, Fetis sintió un ardiente deseo de saber qué había visto el secretario a través de aquella pequeña ventana. Miró a través de la estrecha abertura y se quedó pasmado.
Sobre el tejado de su casa cubierta de nieve se levantaban las ramas de un álamo. En aquel instante, la copa del álamo, inclinada por el peso de la nieve, y la chimenea, estaban iluminadas por una luz rosa y dorada. Eran los últimos resplandores de la puesta de sol. Fetis veía diariamente este cuadro. Todo estaba inmutable e inamovible como siempre, pero todo se presentaba ahora envuelto en una atmósfera nueva y desconocida. La nieve del tejado brillaba bañada de mil colores.
De pronto clareaba y el tejado se veía envuelto en llamas anaranjadas. Otras veces oscurecía, bañando el paisaje en tonos violáceos. Las marcas dejadas por los cuervos parecían más negras en contraste con el armiño del tejado, simulando los bordados de un paño.
Las grandes ramas del álamo, inclinadas, pendían como rizos dorados, sugiriendo la figura de un galán vestido con una capa de pelo blanco. En los días de fiesta, su hija Tania iba así vestida por las calles. Todos los niños de la aldea la cortejaban, suspirando e imaginando quién merecía las atenciones de la hija de Fetis…Tania ya no estaba allí, en la aldea, y para Fetis no había nada más que ella en el mundo. Los alemanes la habían llevado y nadie sabía a dónde…
Sólo ahora, mirando a través de aquella ventana, Fetis había comprendido que poseía todo cuanto un hombre necesitaba para ser feliz. Y continuaba mirando, mirando sin poder alejarse de la puerta, jadeando como si hubiese levantado un gran peso.


De repente sintió que alguien tenía los ojos clavados en su nuca. Se giró rápidamente y encontró los ojos de Vasilitch, grandes y negros como los de Zabotkin en el último instante de su vida.
Pero en los ojos de Vasilitch había algo más, algo más penetrante y frío que lo hacía estremecerse y volver, desconcertado, los ojos a la ventana.
Allí estaba la calle por la que había andado todo su vida, sin perder la belleza.
A lo lejos brillaba el hielo que cubría el estanque. Estaba desierto, ya no se escuchaban las sonoras risas de los niños ni el alegre tintineo de los patines sobre el hielo.
La escuela estaba oscura, convertida en una prisión por los alemanes. Los soldados cortaban los árboles plantados alrededor del estanque, como si no fuera bastante con la leña que cogían del bosque… En lo alto de la colina se levantaba el molino de viento con sus brazos rotos e impotentes. La luz clara y brillante que iluminaba las casas y los corrales ya no existía. El alegre traqueteo de la cosechadora sobre la hierba enmudeció. Lejos, en el campo, la segadora ennegrecía como un barco aprisionado por el hielo…
Fetis recordó cuánto trabajo le había costado levantar y construir todo aquello, como se quejaban los aldeanos, y él en primer lugar, no porque discrepase, sino simplemente porque así era su carácter, arisco.
Le gustaba criticar y discutir, aunque todos supiesen que él no se quedaba a la cola de los demás. Como los otros, cavó el estanque, plantó árboles y construyó la fuente abovedada. Nunca sintió más apego al mundo, creado por él mismo, como en aquellos amargos momentos de cautiverio. Sintió una amargura aún mayor al ver en los ojos de Vasilitch los reflejos de la sospecha…
-“¡En nuestra aldea son todos comunistas, así es como se debe responder a los alemanes!“.
Pero cuando Fetis dijo esto a Maxim Savelievitch, este rehusó rapidamente la propuesta diciéndole que los alemanes los exterminarían a todos. Era necesario que se pensase y se procediese de tal forma que todos quedasen con vida, que no hubiese necesidad de entregar a Vasilitch, que no se tuviese que renegar del comunismo y que se mantuviese bien alta la dignidad ante los alemanes. ¿Quién sabe si no sería conveniente afirmar que no había comunistas en la aldea?…
El viejo Danila dijo que, de cualquier manera, él iba a morir en breve, y que por eso estaba dispuesto a declararse comunista y soportar los sufrimientos destinados a Vasilitch. Pero esto también fue rechazado porque era ridículo presentar como comunista al viejo Danila que apenas se mantenía en pie.
Fetis, preso de aquella ventana, contemplaba como moría aquel día de invierno, absorviendo a pleno pulmón la inaccesible y a la vez tan deseada vida. En aquel momento, la aceptaba totalmente, con todos sus sinsabores y todas sus dulzuras, con sus preocupaciones por los asuntos del Estado y por los negros que vivían tan lejos, con su infatigable trabajo en el campo y con sus ruidosas asambleas vespertinas, con los dolores en las articulaciones y la alegre embriaguez de las fiestas estivales. Todo era tan bueno en aquel mundo perdido…
La nieve continuaba crujiendo bajo las botas del centinela alemán, mientras que Fetis permanecía sin poder apartarse de la ventana, pensando:
-“¡Ay, si lo hubiese visto antes…! ¡Cómo soy tan estúpido!“.
Después se acercó a Vasilitch y tocándole con las manos, no habituadas a la caricia, le dijo:
-“Seguramente tengas frío…Pero no es nada…No te preocupes…Toma“, y le entregó los gruesos guantes.
Se escuchó el ruido de la cerradura. Un alemán abrió la puerta y comenzó a gritar, haciendo gestos para que todos saliesen.
Los colocaron en fila delante de la escuela y todos vieron la parte nueva del edificio, reconociendo la viga que su hacha había cortado.
Un oficial bajó por unas escaleras a la terraza. Era un hombre de edad madura con unos ojos negros y fríos y con una sonrisa despectiva en la comisura de los labios.
-“¡Comunistas, un paso al frente!”, dijo encendiendo un cigarro.
Los doce hombres continuaron en su sitio, callados, sin moverse.
Fetis, después de buscar con los ojos el álamo de su casa, clavó la mirada en el oscuro tronco que, de lejos, parecía un nido de cuervos.
-“¡Soy un nudo!…¿Y qué tiene eso de malo? El nudo del álamo es más fuerte que la madera de roble…“, pensó Fetis rápidamente moviendo los labios.
En aquel preciso momento escuchó de nuevo la impaciente orden:
-“¡Comunistas, un paso al frente!
Fetis dio un paso al frente y clavando sus ojos en los del alemán, gritó:
-“¡Yo soy comunista!“.
El oficial sacó un cuaderno de notas:
-“¿Tu nombre?
Fetis abrió la boca, aspiró el aire helado y exclamó con la voz ronca:
-“Soy Fetis Siablikov“.
Los soldados lo rodearon y lo condujeron hasta la pared de la escuela. Fetis se puso de perfil con la cabeza bien levantada. Parecía más alto, más fuerte, más esbelto. Sin moverse, miraba el álamo donde estaba el nudo que parecía un nido de cuervos.
Sus once camaradas lo miraban con íntima satisfacción y sorpresa.
Maxim Savelievich murmuró en voz baja:
-“¡Es digno!”.


Traducido por “Cultura Proletaria” de la revista “Fundamentos”, nº13, Marzo de 1950.

sábado, 28 de julio de 2018

CONVERSATORIO BICENTENARIO DE CARLOS MARX

Videos del Conversatorio realizado en Bogotá por Revolución Obrera el 5 de mayo con motivo de la celebración del Bicentenario del Natalicio de Carlos Marx


sábado, 30 de junio de 2018

Esta es tu causa - Yuri Guerman



Una excepcional novela escrita en el estilo del realismo socialista. Se trata de un relato de la vida soviética de la época de construcción socialista entre los años 30 y 40, desde la vida de un joven llamado Volodia, de su familia y de sus dos amigos cercanos de infancia. Volodia se prepara como medico renunciando a una vida cómoda y afrontando los retos de la construcción del socialismo en su país. Volodia es un joven disciplinado, consciente y un bolchevique en el sentido estricto de la palabra, sus amigos por el contrario optan por la vida acomodada, del aburguesamiento como lo es Eugenio Zhenia, personaje que refleja la burocracia dentro del partido y la elite de funcionarios que años después acabaría el socialismo en la URSS. 

Es una narración llena de moralidad, sentimentalismo y humanismo.

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